Somos polvo de estrellas

Pues sí, los avances de la astrofísica durante el S. XX llevaron a tan evocadora conclusión: somos polvo de estrellas. En varias ocasiones tuve la fortuna de oírselo explicar, con cautivadora pasión, al Director Fundador del Instituto de Astrofísica de Canarias, el profesor Francisco Sánchez Martínez. Sin duda habrá quien piense ¿y esto de qué sirve? ¿cuál es el plan de negocio de las costosas infraestructuras científicas que proporcionan un conocimiento tan poético como aparentemente poco práctico? Intentaré hoy dar mi visión sobre el asunto. No voy a esconder mi propósito: confío en contribuir a aminorar el escepticismo sobre el valor humanamente práctico que tiene, para nuestra sociedad, apostar por la ciencia y las infraestructuras que la hacen posible.

Cuando pienso en estas cuestiones, lo primero que me viene a la cabeza no es un razonamiento socioeconómico que, sí, también esbozaré después. La razón de fondo, la que entiendo más importante y la que, personalmente, más me motiva es muy simple: tenemos que prestarle atención a muchas cosas por ellas mismas, porque tienen una belleza intrínseca, porque nos afirma en nuestra condición de seres humanos, curiosos por el mundo que nos rodea y por la posición que ocupamos en el cosmos. ¿Qué sería de un mundo sin curiosidad, sin creatividad, sin cultura? Tal vez sería un lugar funcional, probablemente con óptimos pero, lo siento, sumamente aburridos planes de negocio. Dudo que fuera un mundo con ilusión y con progreso, y, mucho me temo, quedaría estancado en sus propias limitaciones y contradicciones: un mundo mecánico atrapado en sí mismo.

Pienso que la metáfora del polvo de estrellas es una buena explicación del arjé, el elemento esencial del que todas las cosas estaban compuestas y que insaciablemente buscaban los filósofos griegos presocráticos. Sin medios técnicos, pero con perspicacia y curiosidad, nos precedieron hace dos mil quinientos años en la búsqueda de una cosmovisión Tales, Anaxímenes, Anaximandro, Pitágoras, Leucipo y Demócrito: asociaron sucesivamente el arjé al agua, al aire, a lo indeterminado o ápeiron, a los números, y a lo indivisible o átomo. Y ahora sabemos que, efectivamente, todo está hecho de átomos, aunque no son indivisibles y hay muchos distintos, uno por cada uno de los noventa y dos elementos que podemos encontrar en la naturaleza. También sabemos que, al principio del tiempo, el primer elemento en crearse fue el más ligero, el hidrógeno. Según el universo se fue expandiendo, en ciertas zonas se produjeron acumulaciones de hidrógeno, debidas a la gravedad, que se fueron haciendo más y más grandes dando lugar estrellas. La enorme presión en el interior de las mismas producen reacciones de fusión nuclear, por las cuales los átomos de hidrógeno dan lugar a otros nuevos, de helio, desprendiendo gran cantidad de energía. Al final de su vida algunas grandes estrellas, las supernovas, producen gigantescas explosiones ocasionando procesos denominados de nucleosíntesis estelar. En ellos se crean otros elementos, más pesados que el helio, que son regados, por tales explosiones finales, a través del universo. Hidrógeno, helio y los otros elementos más pesados vuelven a acumularse en una segunda generación estelar, a la que pertenece nuestro Sol. Esos elementos, creados en los procesos de nucleosíntesis estelar, son los que conforman todo lo que hay en el planeta Tierra, también a nosotros mismos. Efectivamente, cada uno de los átomos de los que estamos compuestos estuvo en un una supernova, antecesora de nuestro Sol, que tuvo que morir violentamente y fertilizar el firmamento con sus restos para que nosotros podamos vivir. ¡Qué no hubieran dado los filósofos de la Antigua Grecia por saber que somos polvo de estrellas!

Sin la filosofía griega la evolución de lo que ahora llamamos Occidente hubiera sido otra. Los valores sobre los que nuestro progreso se ha sustentado, tal vez, no se hubieran hechos presentes. Fueron principalmente Bizanzio y el Islam los herederos de la cultura griega, a través de los cuales fue posible la introducción de sus enseñanzas, primero en la escolástica medieval y, después, en el Renacimiento humanista. Y fueron la curiosidad y el trabajo, promotoras del desarrollo científico, técnico y económico, las que progresivamente asentaron el dominio de una nueva clase social en Europa, la burguesía. Galileo, hijo de un afamado músico, tuvo que utilizar el ingenio y el trabajo para subsistir. La sociedad basada en el comercio que el Mercantilismo afianzó no hubiera sido posible sin avances en las técnicas de navegación, facilitadas además por un conocimiento astronómico cada vez más amplio. La Revolución Industrial supuso un profundo cambio tecnológico en las formas de producir y de comunicación que, difícilmente,  puede concebirse sin curiosidad científica y medios para satisfacerla. Y así hasta nuestros días.

Francamente, me parece que hay buenas razones en cuanto antecede para que cualquier sociedad apueste por la ciencia y por la tecnología. Pero voy a intentar acercar estas ideas algo más al día a día de todo el mundo, tomando como caso de ejemplo la astronomía.

¿Cuándo fue la última vez que miraron a un cielo despejado y oscuro y se sintieron maravillados por el espectáculo? Tal vez hace tiempo que no han podido hacerlo o que, simplemente, no han reparado en ello. Incluso, es posible, que los jóvenes urbanitas no lo hayan experimentado nunca. Desde hace algún tiempo procuro mirar el cielo estrellado, intento localizar constelaciones, estrellas concretas e, incluso, algunos objetos del espacio profundo. No es necesario gran equipamiento. Kepler sólo tenía su vista y, eso sí, curiosidad, talento y cielos estrellados. Unos prismáticos son más que suficientes para adentrarse en confines que desconocemos. Localizar la galaxia Andrómeda, con aspecto de una mancha elongada y borrosa, a dos millones y medio de años luz de nosotros y con un gigantesco número de estrellas en su interior (parece que en torno al billón), ayuda a relativizar muchas de nuestras preocupaciones. Con buena vista y desde el lugar adecuado no necesitará ni siquiera prismáticos para verla.

Resulta que esta afición por mirar al cielo nocturno sin otro propósito que disfrutar y relajarse con el espectáculo  es compartida por millones de personas en todo el mundo. Ello incluye a unos miles de astrónomos profesionales y a varias cientos de miles de astrónomos amateur pero, sobre todo, a todos aquéllos que, como yo, simplemente le dedican, cuando pueden, ratos libres con distintos niveles de intensidad. Seguro que muchos estarían encantados de poder disfrutar de un cielo realmente estrellado, sin duda compartiéndolo con otras actividades de ocio en sus vacaciones. Para quienes tienen tal sensibilidad y viven en un área metropolitana, con frecuencia, no es sencillo. La polución lumínica lo invade todo, privándonos de un espectáculo del que nuestra especie participó hasta la extensión masiva de la luz eléctrica. A veces me pregunto si la plaga de stress y ansiedad que sufre nuestra generación no tendrá algo que ver con esta privación. Dicen que vale más una imagen que mil palabras y creo, por ello, que lo pertinente es visitar el portal web El Cielo de Canarias, del astrofotógrafo Daniel López, que actualmente expone su obra en el Museo Elder de Las Palmas de Gran Canaria, y que en muchas de las fotografías ha contado con la colaboración del Instituto de Astrofísica de Canarias.

No me cabe duda que habrá muchas personas que, a la hora de planear sus vacaciones, puedan considerar como elemento diferencial en relación a otros destinos el cielo. Si un cielo es adecuado para dos de los principales observatorios astronómicos del planeta, sin duda, será un aliciente para quien, además de ir a la playa, al monte o a las actividades de ocio que le apetezcan, valore ese cielo maravilloso. En una isla como La Palma, con una actividad turística reducida, estoy convencido que puede suponer un revulsivo económico contar con unos miles de astrónomos aficionados que la visiten cada año  con el reclamo de que es el lugar elegido para, entre otros, el más potente telescopio óptico del mundo, el Gran Telescopio Canarias, que vio su primera luz en 2007. En la misma isla nos encontramos uno de los telescopios de mayor productividad en la historia de la astronomía moderna, el telescopio británico William Hershel, que vio su primera luz en 1987, y pertenece al grupo de telescopios Isaac Newton de los que, por cierto, uno, el que justamente lleva el nombre del inmortal físico inglés, había sido previamente instalado en 1967 en el Observatorio de Grenwich y fue trasladado a la isla de La Palma, al conocer la calidad de su cielo, reiniciando la operación en 1987. En definitivas cuentas, estoy convencido que es posible crear un producto turístico de calidad en que uno de sus elementos genuinamente diferenciales sea, precisamente, la calidad del cielo de Canarias.

Sigamos hablando de cuestiones prácticas. El Gran Telescopio Canarias es un proyecto español, que ha puesto a la industria tecnológica de nuestro país a la vanguardia internacional en su campo. Las empresas que construyeron el telescopio, mayormente españolas, pudieron demostrar su buen hacer en un proyecto de alto impacto y visibilidad internacional que, con toda seguridad, les hace acreedoras de una experiencia que ya están haciendo valer en otras licitaciones internacionales. Por otro lado, los telescopios internacionales instalados tanto en el Observatorio del Teide, en la isla de Tenerife, como en el del Roque de los Muchachos, en la isla de La Palma, y que conjuntamente constituyen el Observatorio Norte Europeo (hay otro en el sur, en Chile, pues lógicamente el cielo que se observa desde cada hemisferio es distinto), han supuesto una importante inversión directa internacional en su fase constructiva, así como una demanda de servicios tanto comunes como altamente especializados para atender sus necesidades. Además, ofertan oportunidades de empleo enormemente cualificado a científicos e ingenieros canarios y españoles. De hecho, todos los años, al gasto directo financiado por el Estado y la Comunidad Autónoma en el Instituto de Astrofísica de Canarias y el Gran Telescopio Canarias, hay que añadirle una cuantía semejante aportada por los distintos socios internacionales para el mantenimiento y operación de sus telescopios.

¿Y cuáles son los nuevos retos en el ámbito científico y tecnológico del que estamos hablando? Pues ni más ni menos que se instalen en Canarias dos nuevos grandes proyectos internacionales, con una inversión directa total de unos trescientos millones de euros y, aproximadamente, un diez por ciento de tal cantidad de coste anual de operación y mantenimiento.  Serán los consorcios internacionales promotores de ambas infraestructuras los que las costeen, si bien esperan de los distintos países candidatos algún tipo de contribución que será valorada en la selección final del emplazamiento. Se trata, por un lado, del Array de Telescopios Cherenkov, que requiere emplazamientos simultáneos en ambos hemisferios y estará dedicado a la detección y estudio de radiación gamma proveniente de los confines del universo. Y, por otro lado, tenemos al Telescopio Solar Europeo que, con cuatro metros de diámetro, será el más potente instrumento de la física solar mundial.

Que estos dos proyectos vengan a Canarias y, por tanto, a España supondría una importante inversión internacional directa, oportunidades de contratos para nuestras empresas de alta tecnología, empleo cualificado para algunos de nuestros mejores físicos e ingenieros, y nuevas posibilidades de creación de empresas especializadas que adapten la tecnología a otras finalidades en campos tan diversos como la óptica, la medicina o el sector aeroespacial. Pero no sólo eso, nos dará un buen motivo para recuperar la confianza en nuestras propias posibilidades y proyectaremos una imagen, interior y exterior, de la que todos nos sentiremos orgullosos. Por ello la nueva Estrategia de Especialización Inteligente (RIS3), aprobada por el Gobierno de Canarias a final de 2013, incluye la previsión de aportar, mediante fondos estructurales, un diez por ciento de la inversión directa internacional que venga a Canarias para tales proyectos de infraestructuras científicas, y de otros que pudieran surgir, en este u otros campos, en el periodo 2014-2020.

Ciertamente los científicos deben estar comprometidos con el desarrollo social y económico de su entorno, tanto autonómico como estatal, además de con sus intereses de investigación. No me cabe duda que, en general, lo están. Pero no podemos pretender descargar sobre ellos una responsabilidad que compete, principalmente, a quienes tienen que facilitar las condiciones para el aprovechamiento socioeconómico efectivo de las oportunidades que proporciona la I+D de excelencia. Por supuesto, todas las instituciones e infraestructuras científicas tienen que asegurar su sostenibilidad económica, no originando costes que no podamos pagar. Pero cuando se les plantea a los científicos que realicen planes de negocio de orientación empresarial, para evaluar el esfuerzo público que merecen recibir, no podemos olvidar que tal negocio es de la sociedad en su conjunto. Hay que considerar, por tanto, las externalidades positivas que se generan y cuyo payback es indirecto y diferido. Y la valoración de tales externalidades es una tarea política, consistente en la mejor asignación de los recursos públicos, conforme al interés de la sociedad en su conjunto.

Por tanto, ¿planes de negocio en la ciencia? de acuerdo, aunque no me satisfaga este término para la que es de titularidad pública. ¿Criterios de eficiencia y sostenibilidad económica de las entidades e infraestructuras científicas? por supuesto, de todas.

Pero, tengamos claro qué apuestas nuestra sociedad no puede perder: la ciencia y las grandes infraestructuras que la hacen posible están entre ellas.

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