Territorios inteligentes

El pasado jueves, 3 de abril, tuve oportunidad de asistir a la II Jornada de Territorios Insulares Inteligentes, celebrada en la isla de La Palma, y en la que me asignaron la tarea de moderar una de las mesas de debate. Participaron como ponentes expertos  en la nueva área de las, así denominadas, Smart cities, pertenecientes tanto a entidades públicas como privadas de distintos puntos de España.

La jornada no sólo fue interesante, que lo fue, sino que también me ayudó a completar algunas reflexiones que, someramente, quisiera compartir hoy con ustedes. Probablemente haya quien se pregunte, ¿smart cities?, ¿smart islands?, ¿territorios inteligentes?, y concluya: ya estamos de vuelta con una palabrería inaccesible para el común de los mortales…  Y no le faltará razón, aunque espero en estas líneas persuadir a los escépticos de que se trata de algo realmente interesante.

En los tiempos que corren creo que ya, todos, nos habremos acostumbrado, con más o menos ganas, a la proliferación de modos de comunicación de inspiración anglosajona. La potencia semántica del inglés, junto con la brevedad de sus vocablos, indudablemente se presta a ello. Smart, en inglés británico, principalmente quiere decir elegante, pero en inglés americano, significa inteligente. Y de un tiempo a esta parte Smart-lo que sea, en todos los idiomas del mundo se refiere a que tal “lo que sea” se apoya fundamentalmente en las tecnologías de la información y las comunicaciones (TIC) para funcionar.

Por tanto, un territorio inteligente, o una smart island ó city significa, en primer lugar, hacer un uso intensivo y productivo de las TICs en la ciudad, la isla o el territorio del que se trate. Antes de la popularización del término smart (o inteligente), se decía conforme a la moda del momento knowledge-based, o basado en el conocimiento. Si en el año 2000 la Unión Europea estableció el objetivo de desarrollar una economía basada en el conocimiento, ahora el objetivo es que el crecimiento económico sea inteligente. No estoy seguro de que el contenido semántico de estos términos sea el mismo en inglés que en español, pero dejémoslo aquí pues no quiero desviarme del propósito de este post (perdón, reseña).

Veamos, entonces, cuáles son las características diferenciales de estos territorios inteligentes. A fin de cuentas, podría pensarse, ya casi todo el mundo hace un uso, mayor o menor, de las TICs. ¿Se trata simplemente de utilizarlas más?

La respuesta es, como pueden imaginar, que no, que un territorio inteligente es mucho más que eso. Voy a intentar describir el concepto, al menos como yo lo entiendo, atendiendo a tres puntos de vista interrelacionados: el de la ciudadanía, el de la Administración pública y el de las empresas. Creo que ello puede facilitar una aprehensión intuitiva de tan elusivo término.

Desde la óptica ciudadana, particularmente en su relación con las administraciones públicas, el territorio inteligente significará el paso progresivo de los modelos tradicionales de gobierno a otros mucho más participativos, que han venido en llamarse de gobernanza o gobierno abierto. Por supuesto, el acceso a los servicios públicos por medios telemáticos será universal, con una mejor integración entre los distintos procedimientos y administraciones, de forma que se le haga mucho más fácil la vida al ciudadano. Pero eso ya está aquí, simplemente falta un poco de rodaje. Lo que está por venir es la democracia participativa hecha posible por la tecnología. Cierto, ya muchos órganos de las administraciones y, probablemente, la mayor parte de los líderes políticos están en la Web 2.0, esto es, en redes sociales en las que los ciudadanos pueden interactuar. Pero lo que todavía no existe es un verdadero mecanismo de monitorización y control ciudadano de la gestión pública con la posibilidad de influir efectivamente en la misma. Esto vendrá con el open data, o datos abiertos. Ahora las administraciones publican muchísimos datos, pero bucear en los mismos sólo lo hacen expertos. Los datos abiertos no sólo quiere decir que se publiquen, sino que se haga de forma que los sistemas informáticos puedan integrar diversas fuentes, interpretándolas y haciéndolas fácilmente accesible a los usuarios. Para el control ciudadano de la gestión pública esto es fundamental. Cualquier persona podrá indagar de forma muy sencilla sobre los datos de su municipio, isla, región, estado, o globales, provenientes de diversas fuentes, y podrá compararlos y contrastarlos. Lo importante es que el ciudadano en cuestión sólo tendrá que saber qué quiere indagar, por ejemplo desempleo y gasto público  en su municipio, comparado con otros municipios y la media estatal. El sistema informático, con capacidad para interpretar datos, los buscará donde estén, y se los proporcionará, contrastando fuentes y proporcionando una presentación inteligible. Esto le dará un verdadero valor a la interacción con los poderes públicos a través de la red, porque ahora los datos, de antemano, los tiene por igual todo el mundo. La gestión ineficiente será muy pronto aparente, de modo que la participación ciudadana será reclamada por los poderes públicos, para implicarla en la gestión y su resultado. En definitivas cuentas, como dije antes, se trata de hacer posible la democracia participativa. Y, probablemente, ello será mucho más fácil de llevar a cabo de abajo a arriba, comenzando por los barrios y municipios pues es donde el día a día de la gestión pública tiene un impacto más inmediato en la ciudadanía.

Desde la óptica empresarial y del emprendimiento van a surgir innumerables oportunidades de negocio. Muchas para las grandes empresas y, lo que es más importante, muchísimas para las más pequeñas. Se van a desarrollar redes de sensores, muchas de las cuales serán para las administraciones, pero muchas otras serán para los particulares. Por ejemplo, en cada vivienda habrá sensores que monitoricen el gasto de agua, de electricidad u otros parámetros que puedan ser de interés como, por decir algo, la calidad del aire. Y los sensores captarán datos y se comunicarán entre ellos. Harán accesibles los datos, convirtiéndolos en información, tanto a los usuarios humanos como a sistemas automáticos. ¿Han tenido alguna fuga de agua inadvertida? Nosotros tuvimos una en casa, prácticamente imperceptible pero, como suele pasar, justamente unos días que estuvimos fuera. En fin, prefiero no recordar el sobresalto que tuvimos cuando nos llegó la factura pero, al menos, ahora estoy seguro de que, para todo el mundo, será útil tener sensores domésticos que detecten el gasto excesivo del agua y le avisen, cortando el suministro a tiempo. Todos los datos estarán en Internet. Unos serán de acceso público, otros estrictamente privados. Sus fuentes serán mayormente sensores de todo tipo y en todos sitios (otro nuevo término: Internet of Things o Internet de las cosas) y, además, las publicaciones de datos que hagan las organizaciones y los particulares. Las infinitas aplicaciones que pueden imaginarse para hacer útiles esos datos en la vida cotidiana, para que sean comprensibles para todas las personas, no sólo para los especialistas, las harán empresas, principalmente pequeñas empresas.

Y desde la óptica de las administraciones públicas hay una oportunidad gigantesca de mejorar la eficiencia en la gestión, simplemente porque será posible conocer, en todo momento y de forma automática, los datos necesarios para tomar las decisiones oportunas. Las redes de sensores desplegadas en el territorio y la gestión del personal público generarán datos que, de nuevo, los sistemas informáticos podrán interpretar automáticamente. Se tendrán datos continuos relativos a, por ejemplo, la gestión de residuos, o la situación del tráfico, o del recorrido de los servicios de limpieza urbana, de los procedimientos administrativos tramitados en los distintos servicios, todos integrados y preparados para la toma de decisiones.

La tecnología que hará esto posible está disponible, en buena medida sostenida sobre la Web 3.0 o semántica, esto es, capaz de hacer que los sistemas informáticos puedan interpretar los datos disponibles en Internet, algo hasta ahora reservado a las personas. La implantación llevará su tiempo, y habrá que pulir cuestiones no propiamente técnicas sino, digamos, de política e intereses tecnológicos. Tendrán que ver en muy buena medida con el asentamiento de estándares que garanticen la interoperabilidad y el acceso a los datos. Pero, no lo duden, lo veremos más pronto que tarde. En los últimos treinta años hemos visto la implantación de sistemas globales hechos posibles por el asentamiento de estándares. Internet y la Web son dos ejemplos, a los que podemos añadir, entre otros, el teléfono móvil o la televisión digital.

Ya, para terminar, sólo quisiera mostrar una cautela. La tecnología tenemos que entenderla como un instrumento creado por nuestra inteligencia y que debe estar a nuestro servicio, ayudándonos a mejorar la calidad de vida y la cohesión social. No debemos verla como un fin en sí mismo, y no sólo hemos de crearla con inteligencia: debemos usarla del mismo modo, como personas conscientes, miembros de una sociedad avanzada y garantista de nuestros derechos y libertades. Y, ¿por qué digo esto? Simplemente por una cosa: la tremenda capacidad tecnológica que estamos desplegando sería el elixir de la felicidad de Big Brother, el Hermano Mayor omnipresente y tiránico de 1984, la famosa novela de George Orwell. Nuestro ordenamiento jurídico debe evolucionar más rápidamente, para asegurar que nos beneficiaremos de todas las posibilidades que nos brida la tecnología sin, por ello, sufrir una erosión en nuestras libertades y derechos fundamentales. De ello tendremos oportunidad de hablar más adelante.

 

 

 

 

 

 

 

 

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