La democratización de la ciencia (y la tecnología)

Posiblemente sea tópica la reflexión que, sin duda, muchas personas se hacen al manejar la tecnología de nuestros días: ¡Parece mentira lo que han cambiado las cosas! Pero,  ¿cómo podíamos vivir no hace mucho sin teléfonos y tabletas móviles? Sólo los más jóvenes no participarán de la reflexión. Cuando les digo a mis hijos, ambos entrando en la adolescencia, que cuando era como ellos sólo había un canal de televisión, una sola televisión por hogar, que no había redes sociales y que, con los amigos, hablaba por teléfono (para desesperación de mis padres, pues aún no existía la tarifa plana), me miran como si fuera marciano…

Pues sí, mucho han cambiado las cosas en solo una generación. He de admitir que tampoco fue pequeño el salto entre la generación de mis abuelos y de mis padres. O entre la de ellos y la mía. De hecho, en poco más de tres generaciones, esto es, en los últimos cien años, ha habido un cambio tan profundo en la forma de vivir, equiparable al habido a lo largo de muchos siglos. Si uno considera al común de los mortales de principios del S. XX, por ejemplo un agricultor en una sociedad rural, o un obrero industrial en un cinturón urbano, probablemente contaba con unas condiciones de vida más semejantes a las de un agricultor o artesano medieval, que a las que disfruta la mayor parte de la población moderna.

La tecnología, impulsada por el desarrollo científico, es quien lo ha hecho posible. La continuidad y seguridad en el suministro de alimentos, el acceso a una medicina tanto preventiva como terapéutica, la posibilidad de desplazarse con vehículos a motor, de viajar en avión, la electricidad y los electrodomésticos, la masiva disponibilidad de medios de telecomunicación e interacción social, simplemente no existían en el mundo de nuestros bisabuelos.

De hecho pienso que, a pesar de sus innegables injusticias sociales, el sistema capitalista cuenta en su haber con la democratización del uso y disfrute de la tecnología. Cierto que, con frecuencia, llevando aparejados el consumismo, el despilfarro de los recursos naturales, la laceración del medioambiente y cotas de desigualdad inaceptables. Pero cierto también que la tecnología está ahí, disponible para su uso y disfrute masivo. Cuestión diferente es que debamos hacer un mejor uso de su potencial, aunque no es de eso de lo que voy a hablar hoy.

 

Realmente, mi intención en este post es hablar de la democratización, no en el consumo de tecnología, sino en la creación de la misma. Y, dado que no hay tecnología sin ciencia, también de la democratización de la producción científica. Pienso que se trata de un nuevo cambio revolucionario, que abre las puertas de crecimiento económico a largo plazo, ése debido la innovación y el conocimiento, a todas las sociedades que sean capaces de reconocer y aprovechar esta nueva situación.

El reto es bien sabido: ser capaces de introducir el nuevo conocimiento en nuevos bienes y servicios atractivos para un público global. Quienes sean capaces de hacerlo, consolidarán un crecimiento económico a largo plazo. Quien no lo haga, quedará inexorablemente atrapado en la ventaja comparativa de actividades de bajo valor añadido y peores salarios, que las sociedades más desarrolladas descartan. En fin, esto no parece nada nuevo. Es la historia económica de los últimos ciento cincuenta años…

Sugiero un ejercicio mental: ¿podrían haberse realizado descubrimientos, invenciones y nuevos productos y servicios radicalmente innovadores en cualquier sociedad? Por ejemplo, ¿la mecanización de los telares, que dio lugar a la industria textil habría sido posible en cualquier sitio? ,¿y la invención de la iluminación eléctrica?, ¿el telégrafo?, ¿el teléfono?, ¿la fotografía?, ¿el cinematógrafo?, ¿la vacunación? , ¿el automóvil?, ¿el ordenador personal?…

Me temo que la respuesta es no. Y a los hechos me remito. La concentración regional de todas esos enormes avances científicos, tecnológicos y empresariales ha sido tremenda. La mayor parte de los territorios de nuestro planeta han estado al margen en la producción de los mismos, aunque hayan jugado un papel muy importante en su consumo. Difícilmente quien consume puede aspirar a tener la renta de quien produce, y ese diferencial consolida las diferencias entre regiones, al crear mejores condiciones para la producción a través de un mayor crecimiento económico de las regiones que producen (y venden) las innovaciones.

¿Qué es necesario para que se produzcan tales innovaciones en unas sociedades? ¿Qué les falta a las sociedades que no suelen llevarlas a cabo? No hay contestación simple a estas preguntas, aunque intentaré esbozar las cuestiones que entiendo son clave:

1. En primer lugar es necesario tener razonablemente satisfechas las necesidades básicas: alimentación, salud y seguridad física y jurídica. Si son muy frágiles en una sociedad, las innovaciones que surjan serán las que permitan superar el día a día, con mayor o menor picaresca según los casos, pero difícilmente se producirán con frecuencia procesos innovadores con relevancia económica que no sea estrictamente local.

2. Personas con talento y voluntad de superación: las hay en todas las sociedades, sin duda. No hay más que ver cuántos oriundos de sitios muy distintos realizan grandes contribuciones cuando son acogidos en los territorios más desarrollados. Muchas sociedades, probablemente la gran mayoría, desaprovechan el talento de sus miembros mientras que otras, las menos, no sólo aprovechan el que tienen, sino que captan el de las demás. Estos flujos netos de talento tienen mucho que ver con la consolidación de diferencias económicas interregionales.

3. Acceso a la formación: es claro, pues nadie nace “leído y sabido”. Indudablemente, es muy importante que se ofrezca un sistema educativo formal a la totalidad de la población, pues permitirá que se aprovechen las capacidades de la mayor parte de los miembros de la sociedad. Sin embargo, siendo lo anterior muy importante, no pueden olvidarse las capacidades autodidactas de las personas con talento y voluntad, al margen de los sistemas formales educativos. Así ha pasado en innumerables ocasiones a lo largo de la Historia aunque, qué duda cabe, mejor es, mucho mejor, tener acceso a tales sistemas de educación formal.

4. Es necesario un entorno social que estimule la curiosidad y la investigación, esencial para el desarrollo científico y tecnológico, valorando adecuadamente la investigación científica. Y  es imprescindible un entorno que promueva la emprendeduría y el afán de superación, que  premie de forma razonable el esfuerzo y la asunción de riesgos, al tiempo que sea inflexible con el fraude, la picaresca y la corrupción.

5. Por último, es necesario el acceso a mecanismos financieros que permitan convertir las ideas en realidades económicas.

Pongamos un ejemplo ilustrativo, Edison, aunque pueden darse muchos otros: Werner von Siemens, Alexander Graham Bell, Henry Ford, Steve Jobs, Bill Gates, Larry Page & Sergey Brin,…

Thoma Alva Edison nació en Milan, un pequeño pueblo del estado de Ohio, en EEUU, en 1847, que estaba experimentando un importante crecimiento comercial en ese tiempo, gracias a un nuevo canal que lo conectaba al lago Erie, motivo por el que sus padres se radicaron allí. Edison tan sólo fue a la escuela tres meses, siendo su madre quien se encargó de su educación. En esta época, el desarrollo del ferrocarril desplazó al transporte fluvial, de modo que cuando Milan se quedó al margen de la nueva línea férrea, su actividad económica decayó. Ello motivó que la familia Edison se fuera a Port Huron, en Michigan, por donde pasaba el ferrocarril dando lugar a nuevas oportunidades.  Edison tenía 12 años, y trabajó vendiendo periódicos en la estación. Al tiempo, estudiaba por su cuenta. Consiguió un puesto de telegrafista, eligiendo el turno nocturno para poder estudiar y hacer experimentos. El telégrafo dio lugar a las primeras invenciones, una de ellas, el telégrafo cuádruple, fue adquirida por Western Union, permitiendo a Edison fundar el primer laboratorio de investigación industrial de todos los tiempos, en Menlo Park, Nueva Jersey. Las invenciones se sucedieron: el fonógrafo, el micrófono de carbón, contribuciones fundamentales a la bombilla de luz incandescente y a la telefonía,… Durante su vida registró 2.332 patentes, de ellas 1.092 en los EEUU. Edison no fue sólo un inventor: supo buscar recursos financieros en una sociedad capitalista en rápido crecimiento, entre ellos los de J.P Morgan y la familia Vanderbilt,  y no sólo eso, también fundó 14 compañías, entre ellas la Edison General Electric Company, que daría lugar en 1893 a General Electric, que se mantiene a día de hoy como una de las principales multinacionales. Edison no recibió educación formal: fue autodidacta en el interior norteamericano de mitad del S. XIX, buscó la formación donde pudo encontrarla, sacrificándose para adquirirla. Indudablemente, Edison se crió en un entorno que premiaba la asunción de riesgos y el emprendimiento: siendo adolescente ya montó su propio negocio de venta de periódicos en el tren. Y fue capaz de concitar la voluntad de importantes financieros que, no sólo, confiaban en su genialidad, sino en su intuición como empresario, que le hacía orientar su enorme capacidad a desarrollar nuevas invenciones con un enorme alcance práctico, algo esencial en el desarrollo del capitalismo industrial.

La biografía de Edison es apasionante, pero tampoco es el objeto de este post. Simplemente creo que ilustra muy bien los cinco puntos anteriores, determinantes para que la innovación sea posible y aprovechable. Edison no fue un niño rico, pero sus necesidades primarias las podía afrontar. Indudablemente fue un genio, pero ello no le quita valor al ejemplo: cierto es que genios hay pocos, pero personas con talento hay muchas. Un entorno que aproveche a las personas con talento y voluntd de superación es lo que es clave. Si, además, de vez en cuando surge un genio, mejor todavía. Pero, insisto, la clave es que el entorno aproveche el talento de las personas, que  les dé las oportunidades que necesitan para desarrollar su potencial y, con ello, se beneficie el conjunto de la sociedad. Un bonito documental biográfico de Edison, en inglés, está disponible en https://archive.org/details/gov.archives.arc.49442 

Pues bien, pienso que vivimos una época que facilita enormemente que las personas con talento desarrollen una actividad investigadora o inventora, estén donde estén. Es, en cierta medida, una vuelta conceptual a los comienzos de la segunda revolución industrial de la segunda mitad del S. XIX. El desarrollo industrial del S. XX concentró la actividad creadora en grandes entidades, de modo que pensar en que inventores individuales pudieran realizar nuevas creaciones, impulsar nuevas empresas, resultaba una quimera. Pero desde los años setenta del siglo pasado las cosas han ido cambiando. Las empresas de computación como Apple y Microsoft, fundadas en garajes por jóvenes inventores que ni siquiera habían terminado sus estudios universitarios son una clara muestra del cambio de tendencia. Estas empresas crecieron hasta superar a las grandes multinacionales de la época. Y el proceso ha continuado: Google, Facebook,…

En nuestro tiempo, al menos en los países más desarrollados, las necesidades básicas están razonablemente cubiertas. Por supuesto que hay muchos problemas e injusticias sociales, pero no son comparables a los propios de una sociedad de subsistencia. Personas con talento y voluntad de superación hay muchas, frecuente jóvenes que no encuentran en nuestra sociedad la manera de desarrollar su potencial. También hay un sistema de educación formal, y una posibilidad de formación al margen del mismo como jamás lo ha habido en la Historia. No sé cómo se documentaría Edison en Port Huron, cómo conseguiría los libros que necesitaba o, simplemente, cómo sabía que tales libros existían.Ahora, Internet es una fuente infinita de información. Buena y mala información, cierto. Como buenos y malos libros había antes. Pero con un poco de perspicacia, tenemos al alcance de la pantalla de la tableta una cantidad ingente de buenas fuentes de información. Mucha de ella proveniente de las mejores universidades y centros investigación del mundo, particularmente tras la puesta en marcha del proyecto OpenCourseWare  (OCW) por el Instituto Tecnológico de Massachussets (MIT), secundado por muchas entidades académicas, o los Massive Open Online Courses (MOOC). Ello sin olvidar la imprescindible Wikipedia, o la inmensa oferta de publicaciones digitales especializadas que es posible adquirir en la Red.

Este canal de acceso al conocimiento se ve complementado por nuevos paradigmas, como el software y el hardware abiertos, que promueven el desarrollo entre colaboradores anónimos en todo el planeta y novedosos modelos de gestión de la propiedad intelectual e industrial. Y funciona. El software abierto ya tiene una considerable historia de éxitos, iniciada con el impulso de Richard Stallman en los años ochenta, a la que se sumaron muchos otros. Ello llevó al desarrollo de software cada vez más complejo por desarrolladores distribuidos en todo el mundo, dando lugar a un software por el que no se paga, documentado, copiable, y adaptable para distintas aplicaciones, por supuesto, también empresariales. Más recientemente, ha surgido el fenómeno del hardware abierto que, al no ser automáticamente duplicable (al menos de momento, pues los sistemas autorreplicables están en camino), se basa principalmente en la liberación de las especificaciones. Hay muy señaladas realizaciones tanto de software como de hardware libre: Linux, Arduino, impresión 3D… De hecho, la reducción de costes del hardware y su adquisición mediante el comercio electrónico permita que tanto hardware como software, con las especificaciones y código fuente accesibles, estén disponibles muy rápidamente en cualquier lugar.

Y esto nos lleva de lleno al entorno: ya no es necesario estar en Silicon Valley, o en un puñado de otros sitios en todo el mundo, para poder desarrollar nuevos prototipos tecnológicos susceptibles de suponer importantes innovaciones empresariales. Para que ello sea posible, es necesario disponer de acceso a Internet de banda ancha, de acceso al comercio electrónico, talento y ganas y, por supuesto, un sistema educativo y un nivel de de desarrollo social que permita dedicar esfuerzos a proyectos ilusionantes  y novedosos. Pero ya  hemos visto que eso no es todo, el entorno social debe promover la curiosidad e investigación, el emprendimiento y tener disponible un sistema financiero que identifique y financie las buenas ideas.

Promover la curiosidad valorando la investigación, fomentar el emprendimiento y el esfuerzo, siendo inflexibles con la picaresca y la corrupción, y tener acceso a un sistema financiero que acompañe en su riesgo a los emprendedores. Si cualquiera de estos tres elementos falla, difícilmente va una sociedad a desarrollar una economía basada en el conocimiento que proporcione oportunidades al talento del que dispone.

Sí, las circunstancias han mejorado para que la innovación florezca en cualquier sitio. Pero lo ha hecho para todas las sociedades. En las que no se valore la curiosidad e investigación y no se fomente suficientemente el emprendimiento, simplemente, no surgirán proyectos suficientemente atractivos para que los financieros presten atención, y quedarán retrasadas en relación a las que sí lo hagan.

Terminaré refiriendo una viaje historia. A principios del S. XX surgió una agria polémica entre Unamuno y Ortega y Gasset, a cuenta de la importancia de promover el desarrollo científico e inventivo en una secularmente atrasada España, desestimada por el primero (¡Que inventen ellos!). El siguiente diálogo, extraído del Prótico del Templo de Unamuno, que lo escribió en julio de 1906,  mucho me temo que se mantiene demasiado actual en nuestros días. Y parece que los Romanes aventajan a los Sabinos en su capacidad de influir en la política española.

ROMÁN – ¿Que nada hemos inventado? Y eso, ¿qué le hace? Así nos hemos ahorrado el esfuerzo y ahínco de tener que
inventar, y nos queda más lozano y más fresco el espíritu…
SABINO – Al contrario. Es el constante esfuerzo lo que nos mantiene la lozanía y la frescura espirituales. Se ablanda,
languidece y desmirría el ingenio que no se emplea…
ROMAN – ¿Que no se emplea en inventar esas cosas?
SABINO – U otras cualesquiera…
ROMAN – ¡Ah! ¿Y quién te dice que no hemos inventado otras cosas?
SABINO – ¡Cosas inútiles!
ROMÁN – Y ¿quién es juez de su utilidad? Desengáñate: cuando no nos ponemos a inventar cosas de esas, es que no
sentimos la necesidad de ellas.
SABINO – Pero así que otros las inventan, las tomamos de ellos, nos las apropiamos y de ellas nos servimos; ¡eso sí!
ROMAN – Inventen, pues, ellos y nosotros nos aprovecharemos de sus invenciones. Pues confío y espero en que
estarás convencido, como yo lo estoy, de que la luz eléctrica alumbra aquí tan bien como allí donde se inventó.
SABINO – Acaso mejor.
ROMÁN – No me atrevía a decir yo tanto…
SABINO – Pero ellos, ejercitando su inventiva en inventar cosas tales, se ponen en disposición y facultad de seguir
inventando, mientras nosotros…
ROMAN – Mientras nosotros ahorramos nuestro esfuerzo.
SABINO – ¿Para qué?
ROMAN – Para ir viviendo, y no es poco.

 

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