Nuestra Universidad

La Universidad es una institución milenaria. Como tal ha tenido una importancia determinante en la progresiva conformación de los aspectos más notables, de más elevada humanidad, que alberga la sociedad en la que vivimos: las libertades y el avance del conocimiento. No en vano la Universidad medieval promovió las siete Artes Liberales, disciplinas cultivadas por las personas libres, en oposición a las artes serviles, propias de quienes no lo eran. Bien es sabido que tales estaban conformadas por las tres vías dedicadas a la elocuencia, o Trivium, y por las cuatro dedicadas a las matemáticas, o Quadrivium. Gramática, dialéctica y retórica, junto con aritmética, geometría, astronomía y música componían el currículum educativo que Alcuino de York elaboró a finales del S VIII para la Escuela Palatina de Aquisgrán, recuperando el saber clásico de la Antigüedad y ofreciéndolo a las incipientes universidades que, lideradas por la Universidad de Bolonia, contribuyeron a transformar la realidad europea desde finales del S XI. Los Estudios Generales de la primera universidad se caracterizaron por estar abiertos a estudiantes de cualquier procedencia geográfica, utilizándose el Latín como lengua común, y por contar con profesores especializados en las cuatro Facultades que componían su currículum: las siete Artes Liberales, la Teología, la Medicina y el Derecho. La recuperación del Derecho Romano por los Glosadores de Bolonia, así como su influencia en el desarrollo del Derecho Común Europeo y en el establecimiento de Administraciones especializadas precursoras de las modernas estructuras políticas que ordenan nuestra convivencia es, junto con otras muchas, una hazaña de la institución universitaria.

La moderna universidad no sólo hereda un espíritu intelectual cultivado durante un milenio, sino que, en continua evolución, ha mostrado ser el más formidable instrumento de mejora de la sociedad y de su bienestar. Son sus características el amor al conocimiento, a su generación y a su intercambio, la capacidad inventiva e innovadora, el compromiso con el entorno social circundante, la movilidad para que fluyan las ideas entre personas y territorios y, por supuesto, un concepto de comunidad entre profesores y estudiantes, cuya importancia queda mostrada al dar nombre a la institución: universitas magistrorum et scholarium, esto es, corporación de maestros y estudiantes que, en la actualidad, no puede entenderse sin la esencial contribución del personal de administración y servicios.

La Universidad de nuestro tiempo, sin duda, es heredera de los valores milenarios que caracterizan a la institución y han asegurado su permanencia y expansión. Al tiempo, debe contribuir a afrontar los grandes retos de la sociedad moderna, advirtiéndolos, estudiándolos, implicándose en su resolución y, para ello, innovando su propia concepción de la realidad y su organización interna. Los grandes retos a los que se enfrenta el mundo moderno son inabordables mediante esquemas reduccionistas, puramente sectoriales. Necesitamos enfoques sistémicos, que consideren el conjunto de cada gran reto como tal, no como una simple descomposición en partes, sin perjuicio de la oportuna ordenación material que en cada caso sea necesaria para abordarlos. Ello demanda la aportación crítica, constructiva y multidisciplinar del conjunto de la comunidad universitaria. Los problemas de nuestra sociedad no suelen ser simples. Necesitan un enfoque holístico en el que cada cual aporte y desarrolle sus mejores capacidades para contribuir a su solución mediante la formación, el avance del conocimiento y la innovación.

Nuestra Universidad, la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, ha de estar implicada en la resolución de los grandes problemas de nuestro mundo y, de forma particular, en los que afronta Canarias. Ha de ser una Universidad que, desde su autonomía, apueste por el avance del conocimiento y la formación de profesionales con capacidad transformadora y de liderazgo, intelectualmente críticos y autónomos. Una Universidad abierta al intercambio y al flujo de ideas entre personas y territorios, solidaria con las regiones que luchan por su desarrollo. Una Universidad decididamente comprometida a proporcionar la mejor formación para acabar con la lacra del desempleo, impulsando para ello nuevos proyectos que, desarrollados en Canarias tanto por agentes públicos como privados, generen oportunidades profesionales para nuestros jóvenes egresados y prosperidad para el conjunto de la sociedad. En definitivas cuentas, una Universidad entendida como comunidad de profesores, estudiantes y personal de administración y servicios, solidaria y abierta a la sociedad, comprometida con el avance del conocimiento, el desarrollo sostenible, y el empleo de calidad en el marco de la nueva economía global.

Por todo ello, la ULPGC debe aspirar a ser el agente catalizador de los grandes objetivos estratégicos, fijados en los distintos niveles de gobernanza, mundial, europea, española y canaria, haciendo una aportación genuina y diferenciada a través de sus programas de formación, investigación e innovación, y desarrollando los modelos de gestión que aseguren su éxito y protagonismo. Y, por supuesto, realizando una aportación crítica e independiente, en el marco de cuantas estrategias, programas y planes se promuevan, para mejorarlos, proponer su cambio o impulsar otros nuevos. Los objetivos y agenda mundial de desarrollo sostenible, establecidos con el horizonte temporal de 2030 por la Conferencia de Naciones Unidas sobre Desarrollo Sostenible o Cumbre de la Tierra de Río de 2012 (Río+20) y la Cumbre de Nueva York de 2015, así como la Estrategia Europa 2020, para procurar un crecimiento inteligente, sostenible e integrador, de la Unión Europea son dos referencias de la máxima relevancia.

Ciertamente me gustaría ver avanzar  por tal senda a nuestra muy querida Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, leal y eficazmente liderada por el equipo rectoral que resulte del proceso electoral actualmente en curso, con un proyecto integrador de todas sus sensibilidades.

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¿Por qué las celebraciones de finales de diciembre?

Tras algún tiempo ausente del blog, retomo mi actividad escritora en Labor Omnia Vincit. Durante los últimos cinco meses he dedicado buena parte del tiempo del que disponía  a renovar mi carrera profesional, a reflexionar y a pensar. Muchas de estas cuestiones espero tener oportunidad de compartirlas en el futuro. El asunto que he seleccionado para el post de hoy es consecuente con las fechas en las que estamos y a sus orígenes. Espero que les guste y resulte de interés.

Sí. Está claro. Todos los años, a finales de diciembre, las sociedades de tradición cristiana celebran la Navidad, periodo litúrgico que se inicia con la conmemoración de la Natividad, o nacimiento de Jesús, y abarca hasta la Epifanía o presentación ante los Reyes Magos. Y, de algún modo relacionado con todo ello, la finalización del año civil y el inicio del siguiente. Todo el periodo es abundante en celebraciones festivas, disfrutadas por cientos de millones de personas en todo el mundo, con una motivación frecuentemente más lúdica que religiosa.

Tal vez lo anterior responda, en parte, a qué celebramos estos días, pero no por qué lo hacemos justo en estas fechas. O, dicho de otra manera, por qué la tradición le ha asignado tan importante función a estos últimos días de diciembre y primeros de enero. Habrá quien piense que se debe a que, efectivamente, Jesús nació en la noche de un 24 de diciembre de hace 2016 años. Sin embargo, no se sabe cuándo nació exactamente Jesús: ni el año, ni el mes, ni el día. A ello hay que añadir que no todas las Iglesias cristianas, particularmente muchas ortodoxas, aceptaron el cambio del calendario Juliano por el Gregoriano, lo que ocasiona discrepancias en las fechas que, por ejemplo, llevan la Natividad al 7 de enero.

Pero vayamos por partes. ¿Cómo era el calendario en Roma hace dos mil años? Si queremos fijar en el tiempo hechos acaecidos en territorios bajo su dominio, habremos de saberlo. El antiguo calendario romano era solar, esto es, se fijaba en las distintas trayectorias que el sol, durante el día, recorre en el cielo dependiendo de la época del año. Hay cuatro momentos cruciales: el solsticio de invierno, correspondiente a la trayectoria solar de menor altura sobre el horizonte y, por ello, al día más corto y a la noche más larga del año. En la actualidad es en torno al 22 de diciembre y, convencionalmente, determina el cambio estacional de otoño a invierno. A partir de ese momento los días empiezan a crecer, elevándose el sol en su incansable trayectoria diurna cada día un poco más. El equinoccio de primavera, hacia el 20 de marzo, marca el momento en el que la duración del día, por fin, iguala a la de la noche y el invierno da paso a aquélla. A partir de entonces los días serán más largos que las noches, llegando a un punto culminante en el solsticio de verano, en torno al 21 de junio en la actualidad, cuando la trayectoria del sol es más alta en el cielo diurno, el día más largo, y la primavera abre la puerta del verano. A partir de este momento el sol empieza a bajar su trayectoria en el cielo, acortándose los días y alargándose las noches. El equinoccio de otoño, hacia el 23 de septiembre, da entrada a éste, en el momento en que la noche iguala en su duración al día. A partir de aquí, los días son cada vez más cortos y las noches más largas hasta que llegue de nuevo el solsticio invernal.

No es de extrañar que para muchas sociedades, la romana entre ellas, fuera un momento especial en una concepción cíclica de la Naturaleza: El sol renacía a partir del solsticio de invierno. ¡Ave Sol Invictus!, celebraban los romanos. Además, muchas de las tareas agrícolas ya se habían terminado. Para celebrarlo, y de forma previa a la entrada a un tiempo de purificación cuyo umbral determinaba el solsticio invernal, los romanos celebraban una gran fiesta, las Saturnales. ¡Io Saturnalia!, exclamaban. Se celebraban entre el 17 y el el 23 de diciembre con grandes banquetes, intercambios de regalos y juerga por todo lo alto. ¿Les suena?

Estamos en nuestros días tan acostumbrados al manejo civil del tiempo, que no nos damos cuenta de su complejidad. La sincronización del tiempo entre distintos lugares no fue una realidad extendida hasta bien entrado el S XX, como ya tuve oportunidad de contar en una entrada anterior: ¿Me dice qué hora es, por favor? Establecer un calendario no fue más sencillo. De hecho, creo que fue una auténtica proeza producto de la necesidad y de la  observación de la Naturaleza y de sus ciclos. El antiguo y legendario calendario romano del rey fundador, Rómulo (S. VIII a.C.), sólo tenía diez meses: septiembre era el séptimo, octubre el octavo, noviembre el noveno, y diciembre el décimo. A la vista de la raíces morfológicas parecería casi evidente, salvo por una cuestión ciertamente confusa: septiembre es nuestro noveno mes, octubre el décimo, noviembre el undécimo y diciembre el duodécimo. Julio era para los romanos el mes quinto y, de hecho, así lo denotaban, Quintilis, hasta que la vanidad de Julio César llevó a cambiarle el nombre. Algo parecido le pasó al sexto, Sextilis, renombrado en agosto en honor a Octavio Augusto. Los cuatro primeros meses, marzo, abril, mayo y junio honraban algunas deidades, como Marte y Juno. El año comenzaba con el equinoccio de primavera, intentando cuadrar el final de diciembre con el solsticio de invierno, y quedando muchos días de vano entre ambas fechas dedicados a la purificación, una vez terminadas las labores agrícolas. Desde muy pronto, según Plutarco fue Numa Pompilio, sucesor de Rómulo, se intercalaron dos meses, enero y febrero, entre diciembre y el comienzo del año, en marzo, si bien el calendario civil no cuadraba con la realidad astronómica, y había que hacer frecuentes adaptaciones.  Parece ser que las guerras celtíberas, en Hispania, obligaron a adelantar el nombramiento de cónsules romanos al 1 de enero de 153 a.C., adelantándose por ello el inicio del año civil circunstancialmente en relación al equinoccio de primavera, cambio que devino permanente. ¡Numancia no sólo resistió a Roma, sino que nos dio el actual día de Año Nuevo! En todo caso, con meses algo más cortos que los actuales y un año de 355 días, era necesario intercalar, cada dos años, un mes mercedonio para ajustar el año civil al astronómico, algo que se hacía en virtud de una decisión política, con la consecuente incertidumbre en el calendario. Por si fuera poco, los romanos no numeraban los días del mes. Denominaban calendas, de ahí calendario, al primer día de cada uno, tal vez herencia de un calendario lunar primitivo que estableciera el principio de cada mes en una luna nueva. Y llamaban idus al día de luna llena, móvil pero situado hacia mitad de mes. Las nonas estaban entre las calendas y los idus, justo nueve días antes del idus, pero contándolo. Para identificar un día, lo hacían en referencia a las calendas, idus o nonas que estuvieran cercanos. La numeración actual de los días del mes es invención germánica, parece ser que visigoda, y la oficializó Carlomagno a final del S. VIII.

Julio César tuvo el mérito de establecer en el 46 a. C. una modificación del calendario, fijando una duración de 365 días y seis horas para el año y los meses que actualmente utilizamos. Cada año tendría 365 días, intercalándose un día cada cuatro años en febrero, de modo que los años bisiestos tendrán 366 días. Bisiesto viene del latín bis sextus dies ante calendas martii, esto es, sexto día repetido antes del mes de marzo. No se añadía, como hacemos ahora, a final de febrero. Julio César no diseñó el cambio de calendario. Era un soldado y un político. Pero entendía perfectamente la inconveniencia del calendario romano tradicional y, por ello, le encargó al astrónomo y filósofo egipcio, Sosígenes de Alejandría, la resolución del problema. El cálculo de Sosígenes que, a su vez, se apoyó en observaciones anteriores, fue exquisito. Su error de cálculo al fijar la duración del año en 365 días y seis horas fue de sólo 11 minutos y 9 segundos para tal periodo. Promover y emplear acertadamente el conocimiento suele ser una estrategia de éxito, no siempre seguida por quien debiera hacerlo… Seguro que Julio César tenía muchas urgencias políticas, militares e, incluso, personales, pero vio oportuno dedicarle energías a resolver un problema que afectaba a la capacidad de organización civil de Roma. Un ejemplo más de que estrategia y coyuntura no tienen por qué ser incompatibles.

El calendario Juliano fue adoptado por la Iglesia Católica en su concilio fundacional, el Primer Concilio de Nicea, celebrado el año 325. Este concilio fue convocado por el ya emperador Constantino I el Grande que previamente, junto con Licinio en Oriente, promulgó el Edicto de Milán en 313, de libertad religiosa, que permitió la expansión del cristianismo. Es difícil saber si Constantino fue realmente cristiano. Fue educado en el culto a Sol Invictus, asociado oficialmente a la autoridad imperial. Su madre, Santa Elena, indudablemente influyó en su postura religiosa. Probablemente Constantino rindiera culto a distintos dioses, en tanto confiara en su ayuda. Y seguro que entendió la creciente importancia que el cristianismo tenía en el Imperio, cuando su propia madre era cristiana. Constantino fijó, además, la semana de siete días, a partir del antiguo calendario lunar mesopotámico. Cada uno de los días de la semana honraban al sol, el domingo, a la luna, el lunes, y  a los cinco planetas visibles desde la Tierra: a Marte el martes, a Mercurio el miércoles, a Júpiter el jueves, a Venus el viernes, y a Saturno el sábado. También ordenó el domingo, día del sol, como día de descanso para adorar a Dios. Parece ser, por otro lado, que la Iglesia de Alejandría ya había señalado el día 25 de diciembre como día del nacimiento de Jesús, y que Sexto Julio Africano, cien años antes del Concilio de Nicea, habría difundido en su Crónica, la fecha. En cualquier caso, la coincidencia del solsticio de invierno, la Natividad de Jesús, la festividad de Sol Invictus, asociado Constantino, y del Concilio de Nicea no creo que sean casuales. Más bien parecen una reutilización de celebraciones, hecha oficial por quien podía hacerlo, el emperador, y ratificada por el Concilio de Nicea, convocado, no lo olvidemos, por éste, y que, bajo la dirección de  su consejero, el obispo Osio de Córdoba, también se ocupó de la festividad de la Pascua, para lo que el calendario semanal de inspiración lunar resultó esencial, de la fijación del Credo o de rechazar la herejía arriana.

Al Concilio de Nicea no asistió el Papa, Silvestre I, que sin embargo envió dos representantes que ostentaron la máxima dignidad en el mismo. San Silvestre fue el primer Papa que tuvo un pontificado tranquilo. Se dice que fue el primero que no murió mártir y parece ser que instituyó el domingo como día de la Resurrección. Tuvo una excelente relación con el Imperio, como muestra la cesión que le hizo Constantino del Palacio de Letrán y basílica adjunta, considerada desde entonces como Catedral de Roma. Por si fuera poco, murió el último día del año, razón por la cual se celebra el 31 de diciembre la festividad de San Silvestre. Posteriormente, entre los siglos IX y XI, se intentó legitimar el poder terrenal de la Iglesia mediante la llamada Donación de Constantino, documento apócrifo según el cual Constantino habría legitimado al Papa Silvestre I el derecho a reinar sobre Roma y territorios colindantes, además de a intervenir en los asuntos políticos del Imperio de Occidente. Pero eso es otra historia, no menos interesante…

¿Y cómo se enumeraban los años? ¿Cómo empezó a tomarse la referencia del nacimiento de Jesús? En Roma la referencia era la fundación de la ciudad, ab urbe condita (a.u.c.), de modo que los años se contaban a partir de dicho momento. El Papa Hormisdas, a principios del S.VI, encargó al monje y astrónomo Dionisio el Exiguo identificar el año de nacimiento de Jesús, lógicamente en relación al calendario en uso y, por tanto, contando los años a partir de la fundación de Roma. Dionisio llegó a la conclusión que Jesús había nacido el año 753 a.u.c., si bien se equivocó al datar el reinado de Herodes I el Grande, de modo que debiera haberlo señalado hacia el 748 a.u.c. Alcuino de York, filósofo y consejero de Carlomagno, conocedor del trabajo de Dionisio, promovió la adopción de la fecha del año del nacimiento de Jesús para iniciar el cómputo de los años, dando lugar al Anno Domini (AD) -o después de Cristo (d.C.)-, popularizado por el Renacimiento Carolingio a partir del S VIII. No obstante, los distintos territorios cristianos europeos, entre ellos los hispanos, mantuvieron otras referencias hasta bien avanzada la Edad Medida.

El calendario Juliano, aunque de asombrosa precisión en su tiempo, mantenía el error mencionado de once minutos y seis segundos anuales. En el Concilio de Nicea, celebrado casi cuatrocientos años después, era ya aparente el error. Mil doscientos años más tarde, el Concilio de Trento adoptó el acuerdo de corregir el desfase acumulado, y que había desplazado unos diez días las fechas de la Pascua acordadas en Nicea. Realmente el año no dura 365 días y seis horas, sino un poco menos, unos 365 días, cinco horas, 48 minutos y 45 segundos. En 1582 el Papa Gregorio XIII promulgó un nuevo calendario que, tomado como referencia el anterior, corregía la introducción de años bisiestos, exceptuándola ciertos años, e introduciendo los días adicionales como último día de febrero. Este calendario, cuyo error es de sólo unos 26 segundos al año, fue adoptado inmediatamente por los países católicos y progresivamente por los restantes, siendo el actualmente utilizado universalmente.

Entonces, ¿qué celebramos estas fechas? Indudablemente el cambio de año y, cada cual, lo que sus creencias le indiquen. Y, ¿por qué en estas fechas? Probablemente porque desde la antigüedad el solsticio de invierno ha sido culturalmente asociado a un renacer, además de un momento especial del ciclo agrícola anual. Siendo necesario preservar la fiesta pagana (nadie renuncia a la diversión) y la religiosa, no es de extrañar la reconversión de la anteriores Saturnales y posterior celebración del Sol Invictus en las actuales Navidades, con los dos momentos de la Nochebuena y la Nochevieja (tal vez con una prolongación carnavalera). ¡A ello, además, ayudó una resistencia numantina!

 

Iluminemos esta época gris con una nueva Ilustración

Es muy triste ver cómo la crisis financiera, de facto, ha relegado valores que se desarrollaron en un esfuerzo de siglos a una posición secundaria en diversos territorios europeos. Parece como si la promoción pública de la cultura, de la creatividad, de la ciencia, del pensamiento, en definitiva, de algunos de los más elevados atributos que nos distinguen como especie, fueran antitéticos con el necesario esfuerzo público en la financiación de políticas sociales, e irrelevantes en relación al también necesario crecimiento económico.

Craso error, me temo de nefastas consecuencias en el largo plazo. Admito que si te caes, lo primero es levantarte. Pero la caída no debe hacerte olvidar dónde quieres ir. Si sólo te miras los pies, y no levantas de vez en cuando la cabeza, tal vez evites un nuevo tropezón, pero no podrás gestionar tu existencia, pues simplemente caminarás sin rumbo. Además, por dura que haya sido la crisis, situaciones mucho más adversas se han vivido a lo largo de los siglos XIX y XX, y ello no llevó a un retraso ni en la creación artística, ni en el pensamiento, ni en la ciencia, ni en el desarrollo tecnológico.

Hagamos un breve repaso histórico: El Museo del Prado se fundó en 1819 durante el, por lo demás, nefasto reinado de Fernando VII. Su hija, Isabel II, reabrió las universidades que aquél había cerrado. La Junta de Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, precursora del CSIC, se creó en 1907, y la Ley fundacional de éste en 1939.  En 1959 se promueve el Observatorio del Teide, instalándose el primer telescopio profesional en 1964 y fundándose en 1975 el Instituto de Astrofísica de Canarias.Y eso que, mayormente, la Historia de España durante los siglos XIX y XX, al menos hasta 1976, no es para estar especialmente orgulloso. Ni mucho menos. De hecho, durante demasiado tiempo, hemos quedado atrapados en una contradicción. Bien la glosa el conflicto que mantuvieron a principios del S. XX Unamuno y Ortega y Gasset o, dicho de otra manera, la pugna entre la españolización de Europa y la europeización de España. Afortunadamente para Europa, ésta no se españolizó. Y, desafortunadamente para España, en vez de europeizarse quedó firmemente asida al ¡que inventen ellos! de don Miguel. Con todo Unamuno era un intelectual comprometido, al que sin duda le preocupaba el desarrollo de la creatividad y de la cultura en España. Buena prueba de ello fue su famoso y valiente enfrentamiento público con el general Millán Astray, nada menos que en Salamanca en 1936: el militar cerró el asunto con sonoros ¡viva la muerte! ¡muera la intelectualidad! dando nítida muestra de lo que seguiría. No hubo posibilidad de contrastar modelos de desarrollo para España, ilustrados y en libertad, durante casi cuarenta años.

Con cierta frecuencia, a la vista de la mentalidad que advierto imperante, me pregunto, en un vano juego intelectual: ¿Fundaríamos ahora el Museo del Prado, o seguirían las obras escondidas donde estuvieran para evitar el saqueo en la Guerra de la Independencia con Francia? Si nos hubiéramos encontrado cerradas las universidades, ¿las volveríamos a abrir o las dejaríamos como estaban? ¿Se fundarían entidades como el CSIC, el IAC y muchas otras? Mucho me temo que hoy sería imposible fundar el Prado, el CSIC o el IAC, o volver a abrir las universidades. Simplemente, la gestión del corto plazo relegaría tales iniciativas en supuesto beneficio de otras más prosaicas e inmediatas: ¡Vade retro! ¡Se incrementa el gasto público! Cierto, se trata de un juego mental simplista. Pero también es verdad que vivimos con una escasez de esfuerzos que hacen muy difícil, no ya nuestra convergencia con los países punteros, sino simplemente mantener y potenciar lo que, en el ámbito cultural, científico, creativo o tecnológico ya tenemos. Y no me refiero sólo al dinero. Caben múltiples mejores organizativas que, en época de penurias, algo mejorarían la situación.

Y continúo con mi entretenimiento mental: ¿quién puede promover la cultura, la ciencia, la creatividad en nuestro actual escenario público? Y, pudiendo, ¿quién le atribuye, más allá del discurso, una importancia realmente merecedora de dedicarle esfuerzos significativos? Dudo que Fernando VII tuviera la sensibilidad para entender el valor del Museo del Prado. Pero alguien, que sí la tenía, pudo ejercer una influencia efectiva para hacerlo realidad. Tampoco creo que ni Sor Patrocinio ni Isabel II estuvieran muy preocupadas por las universidades. Pero  hubo quiénes, en los los gobiernos  de los espadones decimonónicos, advirtieron la necesidad de modernizar el país; y algo pudieron hacer, incluso en unos años enormemente tumultuosos.

De hecho, poco a poco, desde el Renacimiento, se fue configurando una mentalidad en Europa que le daba importancia al conocimiento en sí mismo, a la cultura, a la creatividad, al espíritu crítico. No fue tarea de un día, ni de un siglo. Ni incorporó al conjunto de la población, mayoritariamente analfabeta e inexorablemente sujeta a una economía de subsistencia. Tampoco los distintos países vieron florecer esta mentalidad de igual manera. Pero en el S. XVIII podemos ya hablar de un verdadero movimiento ilustrado, sí, protagonizado por las élites intelectuales, pero que tuvo una enorme importancia para el conjunto de la población. Nacida en Inglaterra al final del S. XVII, la Ilustración saltó a Francia y el resto de Europa, así como a las colonias americanas en el S. XVIII. También llegó a España. El movimiento ilustrado no sólo estuvo en la génesis de la Revolución Industrial, o del desarrollo del capitalismo. Promovió con intensidad la libertad de pensamiento y el espíritu crítico. Tenía un verdadero programa liberador para el conjunto de la población, a la que los grilletes de la ignorancia tenía sumida en la miseria. Por primera vez, hubo una verdadera preocupación por el pueblo y sus condiciones de vida, por el progreso a largo plazo de la sociedad. Se sustentaba en la educación, en la difusión del saber, en el esfuerzo intelectual, en el desarrollo de la creatividad, la ciencia y la tecnología: en prioridades cuyos frutos se recogen a medio y largo plazo. La Ilustración puso en jaque las monarquías absolutas, en primer lugar la inglesa. La burguesía ilustrada promovió el desarrollo del capitalismo liberal, aprovechando el desarrollo científico y técnico. Exigió compartir el poder con los reyes y la promulgación de constituciones.  Algunos de los reyes fueron ellos mismos ilustrados: Catalina II de Rusia, Carlos III de España, Federico II de Prusia…

Sin dejar de ser más o menos autócratas, muchos de los sucesivos gobernantes fueron ilustrados o, al menos, se dejaron iluminar por la Ilustración. Me llama poderosamente la atención pensar que, a final del S. XVIII, Napoleón fuera acompañado de científicos y sabios durante su campaña militar a Egipto. Ello dio lugar a un gran desarrollo de la matemática aplicada, de la ingeniería y del conocimiento del Mundo Antiguo. Los veinte tomos de la Descripción de Egipto son buena prueba de ello. Los franceses encontraron en Rosetta una estela con inscripciones en jeroglífico, demótico y griego que, después, permitiría a Champollion descifrar la antigua escritura egipcia. No sólo se fijaron en la Piedra de Rosetta, que pesa unos 750 Kg., sino que la cogieron para llevársela. Pero si no es sino un viejo y pesado bloque de piedra, con primitivos garabatos que nadie entiende: ¿por qué no tirársela a la cabeza a los ingleses, con quienes estaban en guerra?. Sin embargo a los ingleses también les interesó la Piedra y, como ganaron, se quedaron con ella. Ahora está en el Museo Británico. ¿No era Champollion francés? ¿cómo tuvo acceso a la Piedra para descifrar el lenguaje jeroglífico? Sencillo, los franceses se preocuparon de hacer copias para llevarse a Francia. ¡Y estaban en guerra! Alguna urgencia tendrían que gestionar ingleses y franceses en el corto plazo, además de intentar salvar la dichosa Piedra de Rosetta…

Ese espíritu ilustrado es el que ha hecho avanzar nuestro mundo occidental. Es la raíz y la savia de la democracia, de la tolerancia, de la libertad, de la educación y del avance científico y tecnológico del que ahora, a pesar de todos nuestros problemas, disfrutamos. La causa que hace posible el efecto del crecimiento económico, la inclusión y la protección social, y las comodidades de la vida moderna. Tal espíritu ilustrado ha estado presente, con mayor o menor intensidad, durante los últimos trescientos años. Los países en los que se ha mantenido vigoroso, Inglaterra, EEUU, Francia, Alemania,… han sido capaces de consolidar su bienestar. Los que lo hemos tenido mucho más tenue,  sólo nos hemos beneficiado de él en la medida que esa Ilustración pudo abrirse paso en la toma de decisiones de nuestros gobernantes.

La enorme paradoja es que, hoy en día, tenemos en España y en Canarias el nivel más alto de educación de toda nuestra Historia. La población mejor formada. Las mejores condiciones para aprovechar el talento y la creatividad, para producir cultura, ciencia y tecnología, para impulsar un crecimiento económico basado en nuestra capacidad de pensar. El sueño del programa ilustrado.

Sin embargo, hoy en día, la gestión del corto plazo en España y en Canarias, a diferencia de lo que pasa en otros territorios, parece ser razón suficiente para sacrificar el impulso público a la Ilustración de nuestro tiempo: a la cultura, a la ciencia, a la tecnología. Lo que no tiene un rendimiento inmediato, deja de ser una prioridad real.

Es un error. Una sociedad que vea como irrelevante la Piedra de Rosetta, porque no permita que en la urgencia del momento se recoja, cuide y estudie, probablemente perderá el futuro. Al menos, irá a remolque de otras sociedades que promuevan tal disposición. Sacrificará potencial de crecimiento y de bienestar, pues la Historia muestra que necesariamente vienen de la mano del pensamiento crítico y creativo sustentado por los valores intelectuales de la Ilustración: ¡Sapere Aude! ¡Atrévete a Pensar! proclamó en 1778 Kant en su famoso ensayo, ¿Qué es la Ilustración?, tomando prestada la sentencia del poeta romano Horacio. (S. I a. C.).

En realidad, es un doble error: no sólo seguimos afianzados al histórico ¡que inventen ellos!, sino que ni siquiera parece ya suficientemente relevante promover el desarrollo cultural. La relevancia de las supuestas prioridades se muestra con hechos, que faltan, mucho mejor que con palabras, que sobran.

Los elementos determinantes del crecimiento económico, sostenible y a largo plazo, son de carácter social y cultural. Se trata de los valores que predominan en las sociedades que alcanzan mayor prosperidad en el largo plazo. Quien sacrifica en la gestión del corto plazo tales valores, sea por las urgencias imperativas que haya que gestionar en cada momento, sea porque en época de bonanza es muy difícil prestarle atención a promover esos valores, y de eso algo sabemos en España y Canarias, sacrifica el futuro y, con ello, el bienestar y cohesión social que intenta salvar en el corto plazo.

Por ello, necesitamos una nueva Ilustración. Por supuesto, adaptada a nuestro tiempo y sociedad; a sus necesidades y retos. Que sea capaz de gestionar las urgencias sin renunciar a las estrategias. Que aproveche el intelecto y el talento. Que realmente cimiente el bienestar y la prosperidad sobre pilares sólidos: los que proporciona el conocimiento. Que grite bien fuerte: ¡Sapere Aude! ¡Atrévete a Pensar!