¿Pero qué nos pasa en España con la I+D?

Son muchas las veces que me he repetido la pregunta que da título a esta nueva entrada del blog, y mucho más el tiempo que he dedicado a reflexionar su respuesta. De hecho, en varias de las publicaciones anteriores, he intentado aportar mi visión al respecto desde distintos puntos de vista. No voy a repetirme en tales contenidos que el lector, si lo desea, puede consultar en cualquier momento.

Hoy no quiero abundar en argumentos analíticos, necesarios para entender el mundo, pero insuficientes para cambiar las cosas. Por el contrario, me gustaría aportar elementos verdaderamente pragmáticos. Quisiera con ello contribuir, dentro de mis modestas posibilidades, a conformar una praxis que nos permita superar la situación gris en la que nos encontramos. Y quisiera invitar al lector preocupado por la situación de la ciencia, de la creatividad y de la innovación en España a hacer lo propio, activamente, desde su ámbito personal y social. Se habla mucho de economía del conocimiento, de crecimiento sostenible, de empleo de calidad, en suma, de prosperidad. Pero eso no cae del cielo, ni mucho menos. Y, desde luego, prorrogar ciertos modos y hábitos no va a mejorar la situación. Todo lo más, una nueva burbuja económica provocará una ilusión transitoria. Es imposible consolidar crecimiento económico a largo plazo con actividades económicas de baja productividad y menor valor añadido. No debiera haber sido difícil de entender, por ejemplo, que activos inmobiliarios que se revalorizaban según envejecían no eran sino un espejismo de prosperidad. Pero no se prestó atención a quienes una y otra vez recomendaron aprovechar las bonanzas de la burbuja para consolidar un crecimiento sano y sostenible a largo plazo. Así nos ha ido. Según escribo me viene a la mente la famosa fábula La Cigarra y la Hormiga, popularizada gracias a uno de nuestros ilustrados, Félix María Samaniego, que estuvo influido por la Ilustración francesa y, particularmente, por La Fontaine. La historia es, no obstante, muy vieja pues la fábula original se atribuye a Esopo, que vivió en la Antigua Grecia a principios del S. VI a.C . Ya nos enseña el viejo proverbio que el ser humano es el único animal que tropieza dos veces  (con capacidad de repetir el incidente muchas más) en la misma piedra… ¿I+D? contestó la cigarra a quien le recomendaba que usara la cabeza. Si tengo a mano lo que necesito, y la guitarra para divertirme. Más aburrida, la hormiga, sin por ello renunciar a permitirse alguna juerga, hizo I+D en el verano, para tener lleno el granero en invierno.

Pero ya dije que hoy no voy a dedicarme al análisis, sino a la praxis. Decía Karl Marx en sus Tesis sobre Feuerbach que los filósofos hasta la fecha no habían hecho más que interpretar el mundo, pero que de lo que se trata es de transformarlo. Con qué fin y con qué medios se llevan a cabo las transformaciones es, a fin de cuentas, lo que distingue las ideologías filosóficas y políticas dignas de ser consideradas como tales.

El gran error que estamos cometiendo es pensar que el razonamiento intelectual tiene algún peso en conformar voluntades políticas en pro de la ciencia, la creatividad y la innovación (ni de ninguna otra materia). De poco sirve razonar una y otra vez que los países que consiguen mantener crecimiento y prosperidad a largo plazo son los que más atención le prestan a tales asuntos. Tampoco que hay un amplio acuerdo entre los pensadores de la economía en cuanto a que, el liderazgo en la ciencia y la tecnología, supone un factor determinante para aumentar la productividad. Ni que las economías basadas en la explotación de los recursos naturales, entre las que, en muy buena medida, se encuentran las que se basan en la construcción y el turismo de sol y playa, tienen grandes limitaciones prácticas para crecer a largo plazo de forma sostenible. Por ese camino hemos transitado los últimos treinta años, y seguimos manteniendo un diferencial en I+D+i enorme con los países más avanzados de nuestro entorno. Diferencial que se manifiesta en una economía descompensada, con unas tasas de desempleo inaceptables y unas serias limitaciones competitivas, que mayormente nos llevan a perder a muchas de las personas mejor cualificadas, al tiempo que buena parte de nuestra capacidad para competir se reduce a reducir los salarios. Muy triste, pero la I+D+i está hoy fuera de la agenda política y social en España, como puede advertirse de su escasa presencia en los mensajes políticos, incluso en este año electoral, o que las palabras ciencia, tecnología o innovación ni siquiera aparezcan en el último barómetro del CIS.

No es ese el camino. El análisis es necesario, pero no suficiente, para disponer de capacidad transformadora. Hay que implicar realmente a la sociedad. Y esa implicación no se consigue con sesudos razonamientos. Por el contrario, para obtenerla, hay que difundir socialmente convicción en ciertos valores utilizando para ello las técnicas propias de la comunicación de masas. Dicho de otra manera, hay que conformar una opinión pública partidaria de la ciencia, la creatividad y la innovación porque está convencida de que ello es la puerta para la prosperidad, para que sus hijos e hijas tengan mejores opciones laborales al terminar sus estudios, para no poner en riesgo sus pensiones… Y será esa opinión pública quien exija de los poderes públicos y de los partidos políticos el fomento de una actividad científica, creadora, innovadora y emprendedora en la sociedad de la que estar orgullosos, en la que poder confiar para el futuro. Ese ha sido el camino que ha permitido, por ejemplo, encumbrar socialmente el valor de la educación o de la protección del medioambiente.

Si uno le presta cierta reflexión, advertirá enseguida que el valor de la educación resultaba muy lejano hace sólo dos o tres generaciones. Al menos para el común de los mortales, cuya vida consistía en trabajar en condiciones cercanas a la subsistencia, sin tiempo, ganas, ni formación para profundas reflexiones. Pero hubo un activismo social y político, cuyas raíces se hunden en la Ilustración, promotor de una concepción liberadora de la educación que, progresivamente, fue abrazando la mayor parte de la población a pesar de no saber quién fue Sócrates. Sin embargo esta mayoría social llegó a entender y demandar los efectos de esa desconocida educación, gracias a la conformación de una opinión pública llevada a cabo por los medios de comunicación de masas. El razonamiento fue simple: para que los hijos del trabajador tengan las mismas opciones que los hijos del patrón tienen que estudiar. Y los padres y madres trabajadoras se dejaron la piel para que sus hijos e hijas pudieran estudiar, al tiempo que en la construcción del moderno Estado social y democrático de derecho la educación pública se convirtió en una prioridad irrenunciable. Y no fue en vano: de forma progresiva el efecto liberador de la educación fue jugando su papel en la sociedad, al menos procurando una mayor igualdad de oportunidades entre todos sus miembros. En cuanto al medioambiente, fue necesario desarrollar una gran conciencia social, una opinión pública convencida, de nuevo sin grandes sofisticaciones argumentales, partidaria de preservar nuestro entorno natural. Esta forma de pensar es muy reciente. No hace tanto tiempo las chimeneas humeantes eran iconos de desarrollo y modernidad, y se le prestaba muy poca atención a la contaminación y a la afección del medio natural. De hecho sigue siendo así en demasiados sitios, pero no aquí. Cómo desarrollar tal mentalidad, anteponiéndola a la inmediatez del rendimiento económico que el desarrollo desordenado provoca, es una verdadera revolución en la forma de pensar del conjunto de la sociedad. Y, francamente, no creo que sea el conocimiento científico del cambio climático quien lo ha hecho posible. El conocimiento científico de nuestra sociedad (también de las demás) es muy débil. Recientemente los medios de comunicación daban a conocer la encuesta de percepción social de la ciencia en España, elaborada por la Fundación Española de la Ciencia y la Tecnología, que nos sorprendía con el resultado, ciertamente matizable, de que la cuarta parte de la población española piensa que el sol gira alrededor de la Tierra, y no al revés.

Nuestra sociedad protege al medioambiente y a la educación porque los ha asociado con valores positivos para el presente y el futuro, no como resultado de una reflexión crítica e individual de todos sus miembros, sino por una convicción colectiva mucho más intuitiva que intelectual. Esa asociación se ha hecho posible conformando una opinión pública a través de los medios de comunicación de masas que, de forma legítima y necesaria, permitió al activismo político y social difundir las conclusiones a las que llegaron brillantes pensadores y científicos, en un formato simple y accesible para todo el mundo: la educación liberará a tus hijos; el mundo será horrible si dañamos el medioambiente.

Si queremos que nuestra sociedad demande ciencia, creatividad e innovación hay que convencerla que la vida será mucho mejor para todos si está presente y si los poderes públicos la promueven. Entonces se convertirá en una exigencia para éstos, pero no antes. Hay que conformar una opinión pública, a partir de certezas que conocen los científicos e intelectuales, pero que deben ser trasladas al conjunto de la sociedad con un formato muy sencillo: sin ciencia, creatividad e innovación el futuro de todos será sombrío y pobre; con ellas habrá prosperidad. Igual que un mundo con la Naturaleza expoliada dan pocas ganas de vivirlo, o que la sociedad no tolerará las cadenas de la ignorancia y la incultura, hay que proyectar una nueva convicción: si queremos bienestar, necesitamos que en nuestra sociedad haya mucha más ciencia, creatividad e innovación. Muchos, tal vez la mayoría, no serán científicos, creadores, o innovadores, aunque todos deben tener la oportunidad de optar a serlo. Y si es así, sin duda, todos tendrán un futuro de mucha mayor prosperidad, como sucede en los países más desarrollados económicamente.

¿Quién tiene que impulsar esta concepción en la sociedad? Por supuesto que todos los que la comprendan y crean en ella, como ya pasó con nuestros ejemplos de la educación y el medioambiente. Es necesario para ello un activismo desinteresado, sustentado en el conocimiento que reside, sobre todo, en centros educativos, universidades, organismos de investigación, así como por empresas y otras organizaciones privadas intensivas en conocimiento, esto es, en los mejores talentos y capacidades de los que disponemos. Y que no confunda, la legítima reivindicación del interés propio con la promoción de valores en la sociedad. Ambas actuaciones deben tener cauces separados, que interfieran tan poco como sea posible. La reivindicación propia, por legítima que sea, no se convertirá en un valor social. Seguirá siendo una reivindicación más, legítima como todas las que lo sean, pero nada más. Es igualmente importante no cometer errores con los mensajes. La I+D+i no nos va a sacar de la crisis, como al principio de la misma se repitió una y otra vez. Que una sociedad promueva la I+D+i es similar a que un individuo realice una vida sana. Si lo hace tendrá menor riesgo de enfermar y, si lo hace, estará más fuerte para recuperarse antes. Pero una vez enfermo, no puede pensar en hacer la vida que debió cuando estaba sano. Tendrá, en primer lugar, que curarse, eso sí, procurando quedar en las mejores condiciones para retomar una vida saludable. La I+D+i muestra sus efectos en el largo plazo. Por eso florece en las sociedades más desarrolladas, en aquéllas que son capaces de fijar prioridades políticas, sociales y económicas que trasciendan al corto plazo. Conseguir el respaldo social requiere mensajes simples, pero certeros.

En mi opinión, la realidad sociológica y de la I+D+i en España aconsejan que este activismo deba promoverlo principalmente la Universidad y los centros públicos de investigación, ejerciendo un liderazgo participativo y fomentando la colaboración e implicación del sector privado. El peso, prestigio social y capacidad de influencia de la Universidad y de los centros de investigación es enorme, al menos en comparación con otras organizaciones públicas y privadas que, en todo caso, deben estar también invitadas a participar.  Se trata del lugar del conocimiento, del pensamiento, la universitas, el Alma Mater del saber. Ello debiera ser garantía de éxito, siempre y cuando no olviden que el liderazgo han de ejercerlo, no para sí, sino para la sociedad.

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Iluminemos esta época gris con una nueva Ilustración

Es muy triste ver cómo la crisis financiera, de facto, ha relegado valores que se desarrollaron en un esfuerzo de siglos a una posición secundaria en diversos territorios europeos. Parece como si la promoción pública de la cultura, de la creatividad, de la ciencia, del pensamiento, en definitiva, de algunos de los más elevados atributos que nos distinguen como especie, fueran antitéticos con el necesario esfuerzo público en la financiación de políticas sociales, e irrelevantes en relación al también necesario crecimiento económico.

Craso error, me temo de nefastas consecuencias en el largo plazo. Admito que si te caes, lo primero es levantarte. Pero la caída no debe hacerte olvidar dónde quieres ir. Si sólo te miras los pies, y no levantas de vez en cuando la cabeza, tal vez evites un nuevo tropezón, pero no podrás gestionar tu existencia, pues simplemente caminarás sin rumbo. Además, por dura que haya sido la crisis, situaciones mucho más adversas se han vivido a lo largo de los siglos XIX y XX, y ello no llevó a un retraso ni en la creación artística, ni en el pensamiento, ni en la ciencia, ni en el desarrollo tecnológico.

Hagamos un breve repaso histórico: El Museo del Prado se fundó en 1819 durante el, por lo demás, nefasto reinado de Fernando VII. Su hija, Isabel II, reabrió las universidades que aquél había cerrado. La Junta de Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, precursora del CSIC, se creó en 1907, y la Ley fundacional de éste en 1939.  En 1959 se promueve el Observatorio del Teide, instalándose el primer telescopio profesional en 1964 y fundándose en 1975 el Instituto de Astrofísica de Canarias.Y eso que, mayormente, la Historia de España durante los siglos XIX y XX, al menos hasta 1976, no es para estar especialmente orgulloso. Ni mucho menos. De hecho, durante demasiado tiempo, hemos quedado atrapados en una contradicción. Bien la glosa el conflicto que mantuvieron a principios del S. XX Unamuno y Ortega y Gasset o, dicho de otra manera, la pugna entre la españolización de Europa y la europeización de España. Afortunadamente para Europa, ésta no se españolizó. Y, desafortunadamente para España, en vez de europeizarse quedó firmemente asida al ¡que inventen ellos! de don Miguel. Con todo Unamuno era un intelectual comprometido, al que sin duda le preocupaba el desarrollo de la creatividad y de la cultura en España. Buena prueba de ello fue su famoso y valiente enfrentamiento público con el general Millán Astray, nada menos que en Salamanca en 1936: el militar cerró el asunto con sonoros ¡viva la muerte! ¡muera la intelectualidad! dando nítida muestra de lo que seguiría. No hubo posibilidad de contrastar modelos de desarrollo para España, ilustrados y en libertad, durante casi cuarenta años.

Con cierta frecuencia, a la vista de la mentalidad que advierto imperante, me pregunto, en un vano juego intelectual: ¿Fundaríamos ahora el Museo del Prado, o seguirían las obras escondidas donde estuvieran para evitar el saqueo en la Guerra de la Independencia con Francia? Si nos hubiéramos encontrado cerradas las universidades, ¿las volveríamos a abrir o las dejaríamos como estaban? ¿Se fundarían entidades como el CSIC, el IAC y muchas otras? Mucho me temo que hoy sería imposible fundar el Prado, el CSIC o el IAC, o volver a abrir las universidades. Simplemente, la gestión del corto plazo relegaría tales iniciativas en supuesto beneficio de otras más prosaicas e inmediatas: ¡Vade retro! ¡Se incrementa el gasto público! Cierto, se trata de un juego mental simplista. Pero también es verdad que vivimos con una escasez de esfuerzos que hacen muy difícil, no ya nuestra convergencia con los países punteros, sino simplemente mantener y potenciar lo que, en el ámbito cultural, científico, creativo o tecnológico ya tenemos. Y no me refiero sólo al dinero. Caben múltiples mejores organizativas que, en época de penurias, algo mejorarían la situación.

Y continúo con mi entretenimiento mental: ¿quién puede promover la cultura, la ciencia, la creatividad en nuestro actual escenario público? Y, pudiendo, ¿quién le atribuye, más allá del discurso, una importancia realmente merecedora de dedicarle esfuerzos significativos? Dudo que Fernando VII tuviera la sensibilidad para entender el valor del Museo del Prado. Pero alguien, que sí la tenía, pudo ejercer una influencia efectiva para hacerlo realidad. Tampoco creo que ni Sor Patrocinio ni Isabel II estuvieran muy preocupadas por las universidades. Pero  hubo quiénes, en los los gobiernos  de los espadones decimonónicos, advirtieron la necesidad de modernizar el país; y algo pudieron hacer, incluso en unos años enormemente tumultuosos.

De hecho, poco a poco, desde el Renacimiento, se fue configurando una mentalidad en Europa que le daba importancia al conocimiento en sí mismo, a la cultura, a la creatividad, al espíritu crítico. No fue tarea de un día, ni de un siglo. Ni incorporó al conjunto de la población, mayoritariamente analfabeta e inexorablemente sujeta a una economía de subsistencia. Tampoco los distintos países vieron florecer esta mentalidad de igual manera. Pero en el S. XVIII podemos ya hablar de un verdadero movimiento ilustrado, sí, protagonizado por las élites intelectuales, pero que tuvo una enorme importancia para el conjunto de la población. Nacida en Inglaterra al final del S. XVII, la Ilustración saltó a Francia y el resto de Europa, así como a las colonias americanas en el S. XVIII. También llegó a España. El movimiento ilustrado no sólo estuvo en la génesis de la Revolución Industrial, o del desarrollo del capitalismo. Promovió con intensidad la libertad de pensamiento y el espíritu crítico. Tenía un verdadero programa liberador para el conjunto de la población, a la que los grilletes de la ignorancia tenía sumida en la miseria. Por primera vez, hubo una verdadera preocupación por el pueblo y sus condiciones de vida, por el progreso a largo plazo de la sociedad. Se sustentaba en la educación, en la difusión del saber, en el esfuerzo intelectual, en el desarrollo de la creatividad, la ciencia y la tecnología: en prioridades cuyos frutos se recogen a medio y largo plazo. La Ilustración puso en jaque las monarquías absolutas, en primer lugar la inglesa. La burguesía ilustrada promovió el desarrollo del capitalismo liberal, aprovechando el desarrollo científico y técnico. Exigió compartir el poder con los reyes y la promulgación de constituciones.  Algunos de los reyes fueron ellos mismos ilustrados: Catalina II de Rusia, Carlos III de España, Federico II de Prusia…

Sin dejar de ser más o menos autócratas, muchos de los sucesivos gobernantes fueron ilustrados o, al menos, se dejaron iluminar por la Ilustración. Me llama poderosamente la atención pensar que, a final del S. XVIII, Napoleón fuera acompañado de científicos y sabios durante su campaña militar a Egipto. Ello dio lugar a un gran desarrollo de la matemática aplicada, de la ingeniería y del conocimiento del Mundo Antiguo. Los veinte tomos de la Descripción de Egipto son buena prueba de ello. Los franceses encontraron en Rosetta una estela con inscripciones en jeroglífico, demótico y griego que, después, permitiría a Champollion descifrar la antigua escritura egipcia. No sólo se fijaron en la Piedra de Rosetta, que pesa unos 750 Kg., sino que la cogieron para llevársela. Pero si no es sino un viejo y pesado bloque de piedra, con primitivos garabatos que nadie entiende: ¿por qué no tirársela a la cabeza a los ingleses, con quienes estaban en guerra?. Sin embargo a los ingleses también les interesó la Piedra y, como ganaron, se quedaron con ella. Ahora está en el Museo Británico. ¿No era Champollion francés? ¿cómo tuvo acceso a la Piedra para descifrar el lenguaje jeroglífico? Sencillo, los franceses se preocuparon de hacer copias para llevarse a Francia. ¡Y estaban en guerra! Alguna urgencia tendrían que gestionar ingleses y franceses en el corto plazo, además de intentar salvar la dichosa Piedra de Rosetta…

Ese espíritu ilustrado es el que ha hecho avanzar nuestro mundo occidental. Es la raíz y la savia de la democracia, de la tolerancia, de la libertad, de la educación y del avance científico y tecnológico del que ahora, a pesar de todos nuestros problemas, disfrutamos. La causa que hace posible el efecto del crecimiento económico, la inclusión y la protección social, y las comodidades de la vida moderna. Tal espíritu ilustrado ha estado presente, con mayor o menor intensidad, durante los últimos trescientos años. Los países en los que se ha mantenido vigoroso, Inglaterra, EEUU, Francia, Alemania,… han sido capaces de consolidar su bienestar. Los que lo hemos tenido mucho más tenue,  sólo nos hemos beneficiado de él en la medida que esa Ilustración pudo abrirse paso en la toma de decisiones de nuestros gobernantes.

La enorme paradoja es que, hoy en día, tenemos en España y en Canarias el nivel más alto de educación de toda nuestra Historia. La población mejor formada. Las mejores condiciones para aprovechar el talento y la creatividad, para producir cultura, ciencia y tecnología, para impulsar un crecimiento económico basado en nuestra capacidad de pensar. El sueño del programa ilustrado.

Sin embargo, hoy en día, la gestión del corto plazo en España y en Canarias, a diferencia de lo que pasa en otros territorios, parece ser razón suficiente para sacrificar el impulso público a la Ilustración de nuestro tiempo: a la cultura, a la ciencia, a la tecnología. Lo que no tiene un rendimiento inmediato, deja de ser una prioridad real.

Es un error. Una sociedad que vea como irrelevante la Piedra de Rosetta, porque no permita que en la urgencia del momento se recoja, cuide y estudie, probablemente perderá el futuro. Al menos, irá a remolque de otras sociedades que promuevan tal disposición. Sacrificará potencial de crecimiento y de bienestar, pues la Historia muestra que necesariamente vienen de la mano del pensamiento crítico y creativo sustentado por los valores intelectuales de la Ilustración: ¡Sapere Aude! ¡Atrévete a Pensar! proclamó en 1778 Kant en su famoso ensayo, ¿Qué es la Ilustración?, tomando prestada la sentencia del poeta romano Horacio. (S. I a. C.).

En realidad, es un doble error: no sólo seguimos afianzados al histórico ¡que inventen ellos!, sino que ni siquiera parece ya suficientemente relevante promover el desarrollo cultural. La relevancia de las supuestas prioridades se muestra con hechos, que faltan, mucho mejor que con palabras, que sobran.

Los elementos determinantes del crecimiento económico, sostenible y a largo plazo, son de carácter social y cultural. Se trata de los valores que predominan en las sociedades que alcanzan mayor prosperidad en el largo plazo. Quien sacrifica en la gestión del corto plazo tales valores, sea por las urgencias imperativas que haya que gestionar en cada momento, sea porque en época de bonanza es muy difícil prestarle atención a promover esos valores, y de eso algo sabemos en España y Canarias, sacrifica el futuro y, con ello, el bienestar y cohesión social que intenta salvar en el corto plazo.

Por ello, necesitamos una nueva Ilustración. Por supuesto, adaptada a nuestro tiempo y sociedad; a sus necesidades y retos. Que sea capaz de gestionar las urgencias sin renunciar a las estrategias. Que aproveche el intelecto y el talento. Que realmente cimiente el bienestar y la prosperidad sobre pilares sólidos: los que proporciona el conocimiento. Que grite bien fuerte: ¡Sapere Aude! ¡Atrévete a Pensar!

Tras el debate: Potenciemos la marca #CanariasIDi

El pasado viernes 17 de abril, aproximadamente entre las 10 y las 11:30 de la mañana, celebramos una experiencia pionera e innovadora de apoyo a la I+D+i en Canarias: los dos rectores de ambas universidades públicas canarias, esto es, el Prof. Eduardo Doménech, por la Universidad de La Laguna (ULL),  y el Prof. José Regidor, por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC); el director del Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC), Prof. Rafael Rebolo, el director de la Plataforma Oceánica de Canarias (PLOCAN), Dr. Octavio Llinás, y el director de la Agencia Canaria de Investigación, Innovación y Sociedad de la Información del Gobierno de Canarias (ACIISI), que esta líneas escribe, mantuvimos un debate abierto en Twitter sobre la I+D+i en Canarias, identificado con la etiqueta (hashtag) #CanariasIDi. El debate puede consultarse en https://tagboard.com/CanariasIDi/search y dio lugar a unos 700 Tweets. Además, su resultado fue recogido en varios de los principales medios de comunicación de Canarias.

El debate fue muy ilustrativo, además de enormemente correcto. Las personas que participaron mayormente tenían una verdadera preocupación y opiniones sobre la I+D+i y su papel en nuestra sociedad. De hecho, pienso que hay posiciones ampliamente compartidas, tanto por los colectivos involucrados en la I+D+i como por las personas que tenemos la responsabilidad de su gestión: financiación insuficiente, escasas opciones para los jóvenes en este ámbito, poca implicación del sector privado, necesidad de rejuvenecer y estabilizar plantillas en el sector público,…

Aparentemente casi todo el mundo tiene una opinión positiva de la ciencia, la tecnología y la innovación. Sin embargo, no somos capaces de impulsarla como nos gustaría. ¿Por qué no? ¿Qué pasa? ¿cuáles son las dificultades? Aquí van algunas de mis ideas al respecto:

  • No hay una verdadera percepción de la necesidad de prestarle atención a la ciencia, la tecnología y la innovación. Cierto que vivimos en un mundo tecnológico y sustentado en la ciencia. También que el conjunto de la sociedad muestra una cierta curiosidad hacia tales ámbitos. Pero no creo que esté asentada la idea de que tenemos que hacer esfuerzos para impulsar la ciencia, la tecnología y la innovación aquí también, aún a costa de tener que renunciar a otras cosas. Dicho de otra manera, no creo que haya una predisposición, ni social ni política, a asumir los costes de oportunidad que un verdadero desarrollo de la sociedad del conocimiento comporta. Si viene y es gratis, todo el mundo lo celebrará. Pero si es a cambio de dejarse algo por el camino, esto es, si realmente es necesario priorizar, mucho me temo que ya no existe tan buena predisposición.
  • En otras economías, la I+D+i juega un papel importante en la competitividad y productividad empresarial. Hay empresas que hacen verdaderos avances científicos y espectaculares desarrollos tecnológicos. Han sido emprendedores y empresas privadas las que han impulsado los avances tecnológicos que han configurado nuestra sociedad a lo largo del S. XIX y del S. XX.  Ni el ámbito académico, ni el de la ciencia pública han sido los protagonistas, aunque hayan sido clave en la generación del ecosistema que ha hecho posible las innovaciones.
  • Sin embargo, en nuestro caso, la práctica ausencia de actividad empresarial sustentada en la I+D ha tenido por efecto que la investigación científica y el desarrollo tecnológico sean materias prácticamente de monopolio público. La brecha entre el ámbito científico-académico y la industria existe en todos sitios, pues cada cual tiene roles distintos que atender en la sociedad. Pero la brecha se vuelve insalvable cuando la actividad productiva no requiere apenas de la ciencia y la tecnología. Es más, no hay una demanda de los sectores productivos para que los poderes públicos promuevan la I+D, probablemente porque no se advierte como necesaria para tal actividad productiva.
  • Por tanto, es el sector público el que de forma prácticamente única soporta el peso de la I+D en Canarias, Aún así, el peso de la I+D en las políticas públicas es inferior al de otras CCAA españolas, a su vez, inferior al de otras regiones europeas. Es lógico, si no hay un sector privado que aproveche tal esfuerzo público, generando crecimiento sostenible y empleo de calidad, ¿puede ser una prioridad para los poderes públicos en un momento de enormes restricciones financieras? Ciertamente, la crisis económica ha desplazado a la I+D de la agenda social y política en Canarias, y en el conjunto de España.

Es fácil entender el círculo vicioso en el que estamos atrapados: no tenemos un sector productivo innovador, que aproveche y demande la ciencia y la tecnología. Por tanto, los poderes públicos, principalmente preocupados en la gestión del corto plazo, no tienen el estímulo socioeconómico para promover políticas de soporte, no ya de la I+D, sino tampoco de la innovación. Y lógicamente, la ausencia efectiva de tales políticas públicas no permite promover la innovación en la actividad productiva privada, que facilite la presencia de nuevas empresas intensivas en conocimiento que procuren  un alto valor añadido al PIB y saquen partido del talento, la creatividad y del esfuerzo público en la educación. Y no se trata sólo de empresas de alta tecnología. Se trata de la brecha en productividad derivada, por ejemplo, de una insuficiente penetración de las tecnologías de la información y las comunicaciones en el conjunto de las PYMEs de Canarias, o de otras tecnologías innovadoras.

En mi opinión, la importancia de la experiencia #CanariasIDi no está tanto en las concretas aportaciones, indudablemente interesantes, que se hicieron, como en el hecho de que es una llamada de atención para dejar patente que la ciencia y la tecnología, con su hija la innovación, requieren del amparo social y la determinación política. No de la política partidista del corto plazo, sino de la política en la más noble y elevada de sus acepciones: la que configura participativamente el futuro de una sociedad madura y democrática. Con dificultades y con retos. Con compromiso y con la determinación de alcanzar el futuro que deseamos.

No debemos dejar que la pequeña llama encendida el viernes con #CanariasIDi se apague. Entre tod@s, hagamos realidad el sueño de la I+D+i en Canarias, como pilar de una sociedad próspera, inclusiva y solidaria, capaz de dejar su huella en el devenir de la Humanidad.

La democratización de la ciencia (y la tecnología)

Posiblemente sea tópica la reflexión que, sin duda, muchas personas se hacen al manejar la tecnología de nuestros días: ¡Parece mentira lo que han cambiado las cosas! Pero,  ¿cómo podíamos vivir no hace mucho sin teléfonos y tabletas móviles? Sólo los más jóvenes no participarán de la reflexión. Cuando les digo a mis hijos, ambos entrando en la adolescencia, que cuando era como ellos sólo había un canal de televisión, una sola televisión por hogar, que no había redes sociales y que, con los amigos, hablaba por teléfono (para desesperación de mis padres, pues aún no existía la tarifa plana), me miran como si fuera marciano…

Pues sí, mucho han cambiado las cosas en solo una generación. He de admitir que tampoco fue pequeño el salto entre la generación de mis abuelos y de mis padres. O entre la de ellos y la mía. De hecho, en poco más de tres generaciones, esto es, en los últimos cien años, ha habido un cambio tan profundo en la forma de vivir, equiparable al habido a lo largo de muchos siglos. Si uno considera al común de los mortales de principios del S. XX, por ejemplo un agricultor en una sociedad rural, o un obrero industrial en un cinturón urbano, probablemente contaba con unas condiciones de vida más semejantes a las de un agricultor o artesano medieval, que a las que disfruta la mayor parte de la población moderna.

La tecnología, impulsada por el desarrollo científico, es quien lo ha hecho posible. La continuidad y seguridad en el suministro de alimentos, el acceso a una medicina tanto preventiva como terapéutica, la posibilidad de desplazarse con vehículos a motor, de viajar en avión, la electricidad y los electrodomésticos, la masiva disponibilidad de medios de telecomunicación e interacción social, simplemente no existían en el mundo de nuestros bisabuelos.

De hecho pienso que, a pesar de sus innegables injusticias sociales, el sistema capitalista cuenta en su haber con la democratización del uso y disfrute de la tecnología. Cierto que, con frecuencia, llevando aparejados el consumismo, el despilfarro de los recursos naturales, la laceración del medioambiente y cotas de desigualdad inaceptables. Pero cierto también que la tecnología está ahí, disponible para su uso y disfrute masivo. Cuestión diferente es que debamos hacer un mejor uso de su potencial, aunque no es de eso de lo que voy a hablar hoy.

 

Realmente, mi intención en este post es hablar de la democratización, no en el consumo de tecnología, sino en la creación de la misma. Y, dado que no hay tecnología sin ciencia, también de la democratización de la producción científica. Pienso que se trata de un nuevo cambio revolucionario, que abre las puertas de crecimiento económico a largo plazo, ése debido la innovación y el conocimiento, a todas las sociedades que sean capaces de reconocer y aprovechar esta nueva situación.

El reto es bien sabido: ser capaces de introducir el nuevo conocimiento en nuevos bienes y servicios atractivos para un público global. Quienes sean capaces de hacerlo, consolidarán un crecimiento económico a largo plazo. Quien no lo haga, quedará inexorablemente atrapado en la ventaja comparativa de actividades de bajo valor añadido y peores salarios, que las sociedades más desarrolladas descartan. En fin, esto no parece nada nuevo. Es la historia económica de los últimos ciento cincuenta años…

Sugiero un ejercicio mental: ¿podrían haberse realizado descubrimientos, invenciones y nuevos productos y servicios radicalmente innovadores en cualquier sociedad? Por ejemplo, ¿la mecanización de los telares, que dio lugar a la industria textil habría sido posible en cualquier sitio? ,¿y la invención de la iluminación eléctrica?, ¿el telégrafo?, ¿el teléfono?, ¿la fotografía?, ¿el cinematógrafo?, ¿la vacunación? , ¿el automóvil?, ¿el ordenador personal?…

Me temo que la respuesta es no. Y a los hechos me remito. La concentración regional de todas esos enormes avances científicos, tecnológicos y empresariales ha sido tremenda. La mayor parte de los territorios de nuestro planeta han estado al margen en la producción de los mismos, aunque hayan jugado un papel muy importante en su consumo. Difícilmente quien consume puede aspirar a tener la renta de quien produce, y ese diferencial consolida las diferencias entre regiones, al crear mejores condiciones para la producción a través de un mayor crecimiento económico de las regiones que producen (y venden) las innovaciones.

¿Qué es necesario para que se produzcan tales innovaciones en unas sociedades? ¿Qué les falta a las sociedades que no suelen llevarlas a cabo? No hay contestación simple a estas preguntas, aunque intentaré esbozar las cuestiones que entiendo son clave:

1. En primer lugar es necesario tener razonablemente satisfechas las necesidades básicas: alimentación, salud y seguridad física y jurídica. Si son muy frágiles en una sociedad, las innovaciones que surjan serán las que permitan superar el día a día, con mayor o menor picaresca según los casos, pero difícilmente se producirán con frecuencia procesos innovadores con relevancia económica que no sea estrictamente local.

2. Personas con talento y voluntad de superación: las hay en todas las sociedades, sin duda. No hay más que ver cuántos oriundos de sitios muy distintos realizan grandes contribuciones cuando son acogidos en los territorios más desarrollados. Muchas sociedades, probablemente la gran mayoría, desaprovechan el talento de sus miembros mientras que otras, las menos, no sólo aprovechan el que tienen, sino que captan el de las demás. Estos flujos netos de talento tienen mucho que ver con la consolidación de diferencias económicas interregionales.

3. Acceso a la formación: es claro, pues nadie nace “leído y sabido”. Indudablemente, es muy importante que se ofrezca un sistema educativo formal a la totalidad de la población, pues permitirá que se aprovechen las capacidades de la mayor parte de los miembros de la sociedad. Sin embargo, siendo lo anterior muy importante, no pueden olvidarse las capacidades autodidactas de las personas con talento y voluntad, al margen de los sistemas formales educativos. Así ha pasado en innumerables ocasiones a lo largo de la Historia aunque, qué duda cabe, mejor es, mucho mejor, tener acceso a tales sistemas de educación formal.

4. Es necesario un entorno social que estimule la curiosidad y la investigación, esencial para el desarrollo científico y tecnológico, valorando adecuadamente la investigación científica. Y  es imprescindible un entorno que promueva la emprendeduría y el afán de superación, que  premie de forma razonable el esfuerzo y la asunción de riesgos, al tiempo que sea inflexible con el fraude, la picaresca y la corrupción.

5. Por último, es necesario el acceso a mecanismos financieros que permitan convertir las ideas en realidades económicas.

Pongamos un ejemplo ilustrativo, Edison, aunque pueden darse muchos otros: Werner von Siemens, Alexander Graham Bell, Henry Ford, Steve Jobs, Bill Gates, Larry Page & Sergey Brin,…

Thoma Alva Edison nació en Milan, un pequeño pueblo del estado de Ohio, en EEUU, en 1847, que estaba experimentando un importante crecimiento comercial en ese tiempo, gracias a un nuevo canal que lo conectaba al lago Erie, motivo por el que sus padres se radicaron allí. Edison tan sólo fue a la escuela tres meses, siendo su madre quien se encargó de su educación. En esta época, el desarrollo del ferrocarril desplazó al transporte fluvial, de modo que cuando Milan se quedó al margen de la nueva línea férrea, su actividad económica decayó. Ello motivó que la familia Edison se fuera a Port Huron, en Michigan, por donde pasaba el ferrocarril dando lugar a nuevas oportunidades.  Edison tenía 12 años, y trabajó vendiendo periódicos en la estación. Al tiempo, estudiaba por su cuenta. Consiguió un puesto de telegrafista, eligiendo el turno nocturno para poder estudiar y hacer experimentos. El telégrafo dio lugar a las primeras invenciones, una de ellas, el telégrafo cuádruple, fue adquirida por Western Union, permitiendo a Edison fundar el primer laboratorio de investigación industrial de todos los tiempos, en Menlo Park, Nueva Jersey. Las invenciones se sucedieron: el fonógrafo, el micrófono de carbón, contribuciones fundamentales a la bombilla de luz incandescente y a la telefonía,… Durante su vida registró 2.332 patentes, de ellas 1.092 en los EEUU. Edison no fue sólo un inventor: supo buscar recursos financieros en una sociedad capitalista en rápido crecimiento, entre ellos los de J.P Morgan y la familia Vanderbilt,  y no sólo eso, también fundó 14 compañías, entre ellas la Edison General Electric Company, que daría lugar en 1893 a General Electric, que se mantiene a día de hoy como una de las principales multinacionales. Edison no recibió educación formal: fue autodidacta en el interior norteamericano de mitad del S. XIX, buscó la formación donde pudo encontrarla, sacrificándose para adquirirla. Indudablemente, Edison se crió en un entorno que premiaba la asunción de riesgos y el emprendimiento: siendo adolescente ya montó su propio negocio de venta de periódicos en el tren. Y fue capaz de concitar la voluntad de importantes financieros que, no sólo, confiaban en su genialidad, sino en su intuición como empresario, que le hacía orientar su enorme capacidad a desarrollar nuevas invenciones con un enorme alcance práctico, algo esencial en el desarrollo del capitalismo industrial.

La biografía de Edison es apasionante, pero tampoco es el objeto de este post. Simplemente creo que ilustra muy bien los cinco puntos anteriores, determinantes para que la innovación sea posible y aprovechable. Edison no fue un niño rico, pero sus necesidades primarias las podía afrontar. Indudablemente fue un genio, pero ello no le quita valor al ejemplo: cierto es que genios hay pocos, pero personas con talento hay muchas. Un entorno que aproveche a las personas con talento y voluntd de superación es lo que es clave. Si, además, de vez en cuando surge un genio, mejor todavía. Pero, insisto, la clave es que el entorno aproveche el talento de las personas, que  les dé las oportunidades que necesitan para desarrollar su potencial y, con ello, se beneficie el conjunto de la sociedad. Un bonito documental biográfico de Edison, en inglés, está disponible en https://archive.org/details/gov.archives.arc.49442 

Pues bien, pienso que vivimos una época que facilita enormemente que las personas con talento desarrollen una actividad investigadora o inventora, estén donde estén. Es, en cierta medida, una vuelta conceptual a los comienzos de la segunda revolución industrial de la segunda mitad del S. XIX. El desarrollo industrial del S. XX concentró la actividad creadora en grandes entidades, de modo que pensar en que inventores individuales pudieran realizar nuevas creaciones, impulsar nuevas empresas, resultaba una quimera. Pero desde los años setenta del siglo pasado las cosas han ido cambiando. Las empresas de computación como Apple y Microsoft, fundadas en garajes por jóvenes inventores que ni siquiera habían terminado sus estudios universitarios son una clara muestra del cambio de tendencia. Estas empresas crecieron hasta superar a las grandes multinacionales de la época. Y el proceso ha continuado: Google, Facebook,…

En nuestro tiempo, al menos en los países más desarrollados, las necesidades básicas están razonablemente cubiertas. Por supuesto que hay muchos problemas e injusticias sociales, pero no son comparables a los propios de una sociedad de subsistencia. Personas con talento y voluntad de superación hay muchas, frecuente jóvenes que no encuentran en nuestra sociedad la manera de desarrollar su potencial. También hay un sistema de educación formal, y una posibilidad de formación al margen del mismo como jamás lo ha habido en la Historia. No sé cómo se documentaría Edison en Port Huron, cómo conseguiría los libros que necesitaba o, simplemente, cómo sabía que tales libros existían.Ahora, Internet es una fuente infinita de información. Buena y mala información, cierto. Como buenos y malos libros había antes. Pero con un poco de perspicacia, tenemos al alcance de la pantalla de la tableta una cantidad ingente de buenas fuentes de información. Mucha de ella proveniente de las mejores universidades y centros investigación del mundo, particularmente tras la puesta en marcha del proyecto OpenCourseWare  (OCW) por el Instituto Tecnológico de Massachussets (MIT), secundado por muchas entidades académicas, o los Massive Open Online Courses (MOOC). Ello sin olvidar la imprescindible Wikipedia, o la inmensa oferta de publicaciones digitales especializadas que es posible adquirir en la Red.

Este canal de acceso al conocimiento se ve complementado por nuevos paradigmas, como el software y el hardware abiertos, que promueven el desarrollo entre colaboradores anónimos en todo el planeta y novedosos modelos de gestión de la propiedad intelectual e industrial. Y funciona. El software abierto ya tiene una considerable historia de éxitos, iniciada con el impulso de Richard Stallman en los años ochenta, a la que se sumaron muchos otros. Ello llevó al desarrollo de software cada vez más complejo por desarrolladores distribuidos en todo el mundo, dando lugar a un software por el que no se paga, documentado, copiable, y adaptable para distintas aplicaciones, por supuesto, también empresariales. Más recientemente, ha surgido el fenómeno del hardware abierto que, al no ser automáticamente duplicable (al menos de momento, pues los sistemas autorreplicables están en camino), se basa principalmente en la liberación de las especificaciones. Hay muy señaladas realizaciones tanto de software como de hardware libre: Linux, Arduino, impresión 3D… De hecho, la reducción de costes del hardware y su adquisición mediante el comercio electrónico permita que tanto hardware como software, con las especificaciones y código fuente accesibles, estén disponibles muy rápidamente en cualquier lugar.

Y esto nos lleva de lleno al entorno: ya no es necesario estar en Silicon Valley, o en un puñado de otros sitios en todo el mundo, para poder desarrollar nuevos prototipos tecnológicos susceptibles de suponer importantes innovaciones empresariales. Para que ello sea posible, es necesario disponer de acceso a Internet de banda ancha, de acceso al comercio electrónico, talento y ganas y, por supuesto, un sistema educativo y un nivel de de desarrollo social que permita dedicar esfuerzos a proyectos ilusionantes  y novedosos. Pero ya  hemos visto que eso no es todo, el entorno social debe promover la curiosidad e investigación, el emprendimiento y tener disponible un sistema financiero que identifique y financie las buenas ideas.

Promover la curiosidad valorando la investigación, fomentar el emprendimiento y el esfuerzo, siendo inflexibles con la picaresca y la corrupción, y tener acceso a un sistema financiero que acompañe en su riesgo a los emprendedores. Si cualquiera de estos tres elementos falla, difícilmente va una sociedad a desarrollar una economía basada en el conocimiento que proporcione oportunidades al talento del que dispone.

Sí, las circunstancias han mejorado para que la innovación florezca en cualquier sitio. Pero lo ha hecho para todas las sociedades. En las que no se valore la curiosidad e investigación y no se fomente suficientemente el emprendimiento, simplemente, no surgirán proyectos suficientemente atractivos para que los financieros presten atención, y quedarán retrasadas en relación a las que sí lo hagan.

Terminaré refiriendo una viaje historia. A principios del S. XX surgió una agria polémica entre Unamuno y Ortega y Gasset, a cuenta de la importancia de promover el desarrollo científico e inventivo en una secularmente atrasada España, desestimada por el primero (¡Que inventen ellos!). El siguiente diálogo, extraído del Prótico del Templo de Unamuno, que lo escribió en julio de 1906,  mucho me temo que se mantiene demasiado actual en nuestros días. Y parece que los Romanes aventajan a los Sabinos en su capacidad de influir en la política española.

ROMÁN – ¿Que nada hemos inventado? Y eso, ¿qué le hace? Así nos hemos ahorrado el esfuerzo y ahínco de tener que
inventar, y nos queda más lozano y más fresco el espíritu…
SABINO – Al contrario. Es el constante esfuerzo lo que nos mantiene la lozanía y la frescura espirituales. Se ablanda,
languidece y desmirría el ingenio que no se emplea…
ROMAN – ¿Que no se emplea en inventar esas cosas?
SABINO – U otras cualesquiera…
ROMAN – ¡Ah! ¿Y quién te dice que no hemos inventado otras cosas?
SABINO – ¡Cosas inútiles!
ROMÁN – Y ¿quién es juez de su utilidad? Desengáñate: cuando no nos ponemos a inventar cosas de esas, es que no
sentimos la necesidad de ellas.
SABINO – Pero así que otros las inventan, las tomamos de ellos, nos las apropiamos y de ellas nos servimos; ¡eso sí!
ROMAN – Inventen, pues, ellos y nosotros nos aprovecharemos de sus invenciones. Pues confío y espero en que
estarás convencido, como yo lo estoy, de que la luz eléctrica alumbra aquí tan bien como allí donde se inventó.
SABINO – Acaso mejor.
ROMÁN – No me atrevía a decir yo tanto…
SABINO – Pero ellos, ejercitando su inventiva en inventar cosas tales, se ponen en disposición y facultad de seguir
inventando, mientras nosotros…
ROMAN – Mientras nosotros ahorramos nuestro esfuerzo.
SABINO – ¿Para qué?
ROMAN – Para ir viviendo, y no es poco.

 

Talento joven

El pasado viernes se celebraron en la Universidad de La Laguna (ULL) las jornadas “La formación de los jóvenes investigadores: un futuro complejo“, organizadas por la Asociación de Jóvenes Investigadores de Tenerife (JINTE) y la ULL. Los promotores me invitaron a participar en las mismas, por un lado dando una charla que trató sobre mi visión en relación a las perspectivas que afrontan los jóvenes investigadores y, por otro, siendo uno de los miembros de la mesa redonda con la que concluyó el encuentro.

Como tuve oportunidad de decirles, al inicio de mi charla, a los jóvenes investigadores asistentes, pienso que es muy importante para nuestra sociedad que su presencia se haga visible. Como también lo son sus reivindicaciones. Al demandar un mayor espacio y atención para la ciencia, así como mejores condiciones y oportunidades para los que con su trabajo han de desarrollarla en el presente y futuro inmediato, están realmente trascendiendo el legítimo ámbito del interés personal. Efectivamente, la ciencia no es apropiable individualmente: su titularidad corresponde a la colectividad. Debiera, a estas alturas, ser claro para todo el mundo que la impresionante mejora de las condiciones de vida desde mediados del S. XIX y, especialmente, durante el S. XX tiene su base en la ciencia. ¿A qué se debe el aumento de la longevidad? ¿Y el tratamiento efectivo de enfermedades antes incurables e inhabilitantes? ¿Y la esperanza para las que aún no tienen tales tratamientos? ¿Por qué podemos comunicarnos a través de la red? ¿Y viajar? ¿A qué se debe haber pasado de una economía de subsistencia a otra que, con todas sus dificultades, deja un espacio para el ocio, la cultura, la gastronomía, los deportes…?

Tengo la percepción de que existe una incredulidad en cuanto a la efectividad, aquí y ahora, del esfuerzo científico. Sí, pensaran algunos, probablemente sea cierto que si Flemming no hubiera investigado los efectos antibióticos de la penicilina, las enfermedades infecciosas hubieran continuado devastando a la Humanidad. Pero, una vez descubierta, ¿qué impide que la utilicemos? ¿por qué va nuestra sociedad a dedicar recursos a una investigación, difícil y costosa, si otros con mayor dimensión y mejores medios ya lo hacen?

Pero creo que, quien así piensa, se equivoca. Flemming, Einstein, Marie Curie y tantos otros son la punta del iceberg. Pero de nada valdría sin la contribución, más o menos anónima para el gran público, de miles y miles de personas que, con su investigación, contribuyen cada día, en todo el mundo, al avance del conocimiento y, muy especialmente, a su aprovechamiento. ¿Alguien piensa que una economía puede ser innovadora sin una aportación relevante de la ciencia en el conjunto de su actividad? Si lo hace, se equivoca diametralmente. La actividad investigadora es, también, una actividad empresarial. De hecho, la mayor parte de la actividad investigadora en los países más desarrollados se lleva a cabo en el sector privado. Y se hace así por un interés de las propias empresas, porque lo necesitan para introducir nuevos productos y servicios; en suma, para mejorar su competitividad. La sociedad que renuncie a la investigación renuncia a que su sector productivo sea competitivo. Así de simple. Así de llano.

Son muchos los ejemplos que muestran el impacto de la investigación en la competitividad de las empresas. Thomas Alva Edison fundó el primer laboratorio de investigación industrial hace ciento treinta años. En él se desarrollaron, entre otras muchas innovaciones, la bombilla de filamento incandescente, que nos ha acompañado hasta muy recientemente, el fonógrafo, que produjo el milagro de conservar el sonido, o el micrófono de carbón que hizo posible la telefonía. Desde entonces, las empresas innovadoras, grandes y pequeñas, han destinado cuantiosos recursos a su actividad de I+D.

¿Y los programas públicos? Realmente no han existido de forma sistemática hasta tiempos relativamente recientes. Es cierto que gobernantes ilustrados ampararon la investigación y el conocimiento. Napoleón, aun general, llevó en su campaña militar a Egipto a más de ciento cincuenta científicos. Pero ciertamente no eran programas sistemáticos. La burguesía sustentó históricamente su ascenso social en la ciencia y el conocimiento, que le permitió, por ejemplo, mejorar las técnicas de navegación y de producción. Por ello, especialmente a partir de la Revolución Industrial, los gobiernos fueron progresivamente prestándole atención a las innovaciones que permitían fortalecer al emergente capitalismo industrial, y no ya solo a las puramente militares. En nuestros tiempos, todas las sociedades desarrolladas, entre ellas las económicamente más liberales, destinan cuantiosos recursos a los programas públicos de I+D, que complementan el esfuerzo privado. Por algo será.

Pero vayamos a los jóvenes. ¿Es importante su contribución para la investigación y la ciencia? Viendo la gran barba blanca de Charles Darwin o el venerable y canoso mostacho de Albert Einsten, tal y como seguro que los recordamos por las imágenes más famosas que hay de ellos, uno puede pensar que nacieron ancianos. Que su contribución genial a la humanidad nada tuvo que ver con su juventud, suponiendo que la tuvieran. En todo caso, que sería a pesar de ella. Ya se sabe: los jóvenes son impulsivos y desmesurados…

Ciertamente, los jóvenes no son iguales a quienes ya peinamos canas. Cualquiera que mire para detrás recordará como era. Es muy probable que fuera más impulsivo, tal vez tuviera menos mesura, posiblemente abrigaría más ilusiones y, con toda seguridad, tendría más energía y menos experiencia: el cocktail perfecto para la creatividad y la innovación.

En 1905 Einstein hizo tres gigantescas contribuciones a la física: el movimiento browniano, la teoría especial de relatividad y el efecto fotoeléctrico; por esta última le darían algo más tarde el premio Nobel. Tenía veintiséis años. Diez años más tarde, en 1915, presentó la monumental teoría general de la relatividad, una de las mayores creaciones de la inteligencia humana. Tenía treinta y séis años. ¡Todo un anciano!

No es un caso aislado. En absoluto. Darwin tenía veintidós años cuando se embarcó en el Beagle, y durante cinco años hizo las observaciones que más tarde tuvieron como fruto la teoría de la evolución. Marie Curie, la única persona con dos premios Nobel en dos campos científicos diferentes, obtuvo el primero, en química, a los treinta y séis años y, el segundo, a los cuarenta y cuatro, por los trabajos hechos durante los años anteriores. Rosalind Franklin, había proporcionado a los treinta y dos años la evidencia que llevó a Watson y Cricks a postular la estructura de doble hélice del ADN; ellos tenían veinticinco y treinta y siete. De hecho, es muy frecuente que las grandes creaciones intelectuales, artísticas y empresariales las hagan personas jóvenes. ¿Algunos ejemplos? Bill Gates y Paul Allen fundaron Microsoft en 1975, tenían veinte años y veintidós años. Steve Jobs tenía veintiún años cuando fundó Apple con Steve Wozniak, que tenía la friolera de veintiséis. Larry Page y Serguei Brin tenían veinticinco años cuando fundaron Google. Marck Zuckerberg veinte cuando fundó Facebook; y aún no ha cumplido los treinta. Linus Torvalds, creador del sistema operativo Linux, tenía veintidós años cuando comenzó el proyecto. Tim Berners-Lee inventó la web con treinta y cuatro años. Con treinta años, Federico García Lorca había escrito el Romancero Gitano, y los Beatles hicieron su música entre los veinte y los treinta años … El ejemplo de Malala Yousafzai, activista desde los trece años por la escolarización de las niñas, merece una mención muy especial.

La juventud, es creadora. No está secuestrada por los prejuicios y los condicionantes que todos desarrollamos a lo largo de nuestra existencia. Por eso son tan abundantes los ejemplos de personas que hicieron sus más grandes creaciones, en cualquier campo que uno quiera mirar, siendo jóvenes. Algunas personas son capaces de mantener su capacidad creadora durante toda la vida, por ejemplo Picasso o Dalí. Sin embargo, esa capacidad creadora se suele ir perdiendo con la edad y se sustituye con lo que llamamos experiencia.

Las personas que se han hecho famosas por sus obras son, como ya he dicho, sólo la punta del iceberg. El cuerpo del mismo está formado por todas las demás, sin cuya participación no hubieran sido posibles las grandes creaciones, como tampoco las pequeñas, esas que mueven el mundo día a día.

Por todo lo dicho, y por mucho más, es muy importante asegurar la participación de los jóvenes en la investigación, en la economía, facilitar que puedan desarrollar su potencial creador y su contribución a la sociedad. Sin duda será bueno para ellos, lo que ya es una gran razón. Pero será muy bueno para todos los demás. Ninguna sociedad puede permitirse perder el talento joven.