¿Por qué las celebraciones de finales de diciembre?

Tras algún tiempo ausente del blog, retomo mi actividad escritora en Labor Omnia Vincit. Durante los últimos cinco meses he dedicado buena parte del tiempo del que disponía  a renovar mi carrera profesional, a reflexionar y a pensar. Muchas de estas cuestiones espero tener oportunidad de compartirlas en el futuro. El asunto que he seleccionado para el post de hoy es consecuente con las fechas en las que estamos y a sus orígenes. Espero que les guste y resulte de interés.

Sí. Está claro. Todos los años, a finales de diciembre, las sociedades de tradición cristiana celebran la Navidad, periodo litúrgico que se inicia con la conmemoración de la Natividad, o nacimiento de Jesús, y abarca hasta la Epifanía o presentación ante los Reyes Magos. Y, de algún modo relacionado con todo ello, la finalización del año civil y el inicio del siguiente. Todo el periodo es abundante en celebraciones festivas, disfrutadas por cientos de millones de personas en todo el mundo, con una motivación frecuentemente más lúdica que religiosa.

Tal vez lo anterior responda, en parte, a qué celebramos estos días, pero no por qué lo hacemos justo en estas fechas. O, dicho de otra manera, por qué la tradición le ha asignado tan importante función a estos últimos días de diciembre y primeros de enero. Habrá quien piense que se debe a que, efectivamente, Jesús nació en la noche de un 24 de diciembre de hace 2016 años. Sin embargo, no se sabe cuándo nació exactamente Jesús: ni el año, ni el mes, ni el día. A ello hay que añadir que no todas las Iglesias cristianas, particularmente muchas ortodoxas, aceptaron el cambio del calendario Juliano por el Gregoriano, lo que ocasiona discrepancias en las fechas que, por ejemplo, llevan la Natividad al 7 de enero.

Pero vayamos por partes. ¿Cómo era el calendario en Roma hace dos mil años? Si queremos fijar en el tiempo hechos acaecidos en territorios bajo su dominio, habremos de saberlo. El antiguo calendario romano era solar, esto es, se fijaba en las distintas trayectorias que el sol, durante el día, recorre en el cielo dependiendo de la época del año. Hay cuatro momentos cruciales: el solsticio de invierno, correspondiente a la trayectoria solar de menor altura sobre el horizonte y, por ello, al día más corto y a la noche más larga del año. En la actualidad es en torno al 22 de diciembre y, convencionalmente, determina el cambio estacional de otoño a invierno. A partir de ese momento los días empiezan a crecer, elevándose el sol en su incansable trayectoria diurna cada día un poco más. El equinoccio de primavera, hacia el 20 de marzo, marca el momento en el que la duración del día, por fin, iguala a la de la noche y el invierno da paso a aquélla. A partir de entonces los días serán más largos que las noches, llegando a un punto culminante en el solsticio de verano, en torno al 21 de junio en la actualidad, cuando la trayectoria del sol es más alta en el cielo diurno, el día más largo, y la primavera abre la puerta del verano. A partir de este momento el sol empieza a bajar su trayectoria en el cielo, acortándose los días y alargándose las noches. El equinoccio de otoño, hacia el 23 de septiembre, da entrada a éste, en el momento en que la noche iguala en su duración al día. A partir de aquí, los días son cada vez más cortos y las noches más largas hasta que llegue de nuevo el solsticio invernal.

No es de extrañar que para muchas sociedades, la romana entre ellas, fuera un momento especial en una concepción cíclica de la Naturaleza: El sol renacía a partir del solsticio de invierno. ¡Ave Sol Invictus!, celebraban los romanos. Además, muchas de las tareas agrícolas ya se habían terminado. Para celebrarlo, y de forma previa a la entrada a un tiempo de purificación cuyo umbral determinaba el solsticio invernal, los romanos celebraban una gran fiesta, las Saturnales. ¡Io Saturnalia!, exclamaban. Se celebraban entre el 17 y el el 23 de diciembre con grandes banquetes, intercambios de regalos y juerga por todo lo alto. ¿Les suena?

Estamos en nuestros días tan acostumbrados al manejo civil del tiempo, que no nos damos cuenta de su complejidad. La sincronización del tiempo entre distintos lugares no fue una realidad extendida hasta bien entrado el S XX, como ya tuve oportunidad de contar en una entrada anterior: ¿Me dice qué hora es, por favor? Establecer un calendario no fue más sencillo. De hecho, creo que fue una auténtica proeza producto de la necesidad y de la  observación de la Naturaleza y de sus ciclos. El antiguo y legendario calendario romano del rey fundador, Rómulo (S. VIII a.C.), sólo tenía diez meses: septiembre era el séptimo, octubre el octavo, noviembre el noveno, y diciembre el décimo. A la vista de la raíces morfológicas parecería casi evidente, salvo por una cuestión ciertamente confusa: septiembre es nuestro noveno mes, octubre el décimo, noviembre el undécimo y diciembre el duodécimo. Julio era para los romanos el mes quinto y, de hecho, así lo denotaban, Quintilis, hasta que la vanidad de Julio César llevó a cambiarle el nombre. Algo parecido le pasó al sexto, Sextilis, renombrado en agosto en honor a Octavio Augusto. Los cuatro primeros meses, marzo, abril, mayo y junio honraban algunas deidades, como Marte y Juno. El año comenzaba con el equinoccio de primavera, intentando cuadrar el final de diciembre con el solsticio de invierno, y quedando muchos días de vano entre ambas fechas dedicados a la purificación, una vez terminadas las labores agrícolas. Desde muy pronto, según Plutarco fue Numa Pompilio, sucesor de Rómulo, se intercalaron dos meses, enero y febrero, entre diciembre y el comienzo del año, en marzo, si bien el calendario civil no cuadraba con la realidad astronómica, y había que hacer frecuentes adaptaciones.  Parece ser que las guerras celtíberas, en Hispania, obligaron a adelantar el nombramiento de cónsules romanos al 1 de enero de 153 a.C., adelantándose por ello el inicio del año civil circunstancialmente en relación al equinoccio de primavera, cambio que devino permanente. ¡Numancia no sólo resistió a Roma, sino que nos dio el actual día de Año Nuevo! En todo caso, con meses algo más cortos que los actuales y un año de 355 días, era necesario intercalar, cada dos años, un mes mercedonio para ajustar el año civil al astronómico, algo que se hacía en virtud de una decisión política, con la consecuente incertidumbre en el calendario. Por si fuera poco, los romanos no numeraban los días del mes. Denominaban calendas, de ahí calendario, al primer día de cada uno, tal vez herencia de un calendario lunar primitivo que estableciera el principio de cada mes en una luna nueva. Y llamaban idus al día de luna llena, móvil pero situado hacia mitad de mes. Las nonas estaban entre las calendas y los idus, justo nueve días antes del idus, pero contándolo. Para identificar un día, lo hacían en referencia a las calendas, idus o nonas que estuvieran cercanos. La numeración actual de los días del mes es invención germánica, parece ser que visigoda, y la oficializó Carlomagno a final del S. VIII.

Julio César tuvo el mérito de establecer en el 46 a. C. una modificación del calendario, fijando una duración de 365 días y seis horas para el año y los meses que actualmente utilizamos. Cada año tendría 365 días, intercalándose un día cada cuatro años en febrero, de modo que los años bisiestos tendrán 366 días. Bisiesto viene del latín bis sextus dies ante calendas martii, esto es, sexto día repetido antes del mes de marzo. No se añadía, como hacemos ahora, a final de febrero. Julio César no diseñó el cambio de calendario. Era un soldado y un político. Pero entendía perfectamente la inconveniencia del calendario romano tradicional y, por ello, le encargó al astrónomo y filósofo egipcio, Sosígenes de Alejandría, la resolución del problema. El cálculo de Sosígenes que, a su vez, se apoyó en observaciones anteriores, fue exquisito. Su error de cálculo al fijar la duración del año en 365 días y seis horas fue de sólo 11 minutos y 9 segundos para tal periodo. Promover y emplear acertadamente el conocimiento suele ser una estrategia de éxito, no siempre seguida por quien debiera hacerlo… Seguro que Julio César tenía muchas urgencias políticas, militares e, incluso, personales, pero vio oportuno dedicarle energías a resolver un problema que afectaba a la capacidad de organización civil de Roma. Un ejemplo más de que estrategia y coyuntura no tienen por qué ser incompatibles.

El calendario Juliano fue adoptado por la Iglesia Católica en su concilio fundacional, el Primer Concilio de Nicea, celebrado el año 325. Este concilio fue convocado por el ya emperador Constantino I el Grande que previamente, junto con Licinio en Oriente, promulgó el Edicto de Milán en 313, de libertad religiosa, que permitió la expansión del cristianismo. Es difícil saber si Constantino fue realmente cristiano. Fue educado en el culto a Sol Invictus, asociado oficialmente a la autoridad imperial. Su madre, Santa Elena, indudablemente influyó en su postura religiosa. Probablemente Constantino rindiera culto a distintos dioses, en tanto confiara en su ayuda. Y seguro que entendió la creciente importancia que el cristianismo tenía en el Imperio, cuando su propia madre era cristiana. Constantino fijó, además, la semana de siete días, a partir del antiguo calendario lunar mesopotámico. Cada uno de los días de la semana honraban al sol, el domingo, a la luna, el lunes, y  a los cinco planetas visibles desde la Tierra: a Marte el martes, a Mercurio el miércoles, a Júpiter el jueves, a Venus el viernes, y a Saturno el sábado. También ordenó el domingo, día del sol, como día de descanso para adorar a Dios. Parece ser, por otro lado, que la Iglesia de Alejandría ya había señalado el día 25 de diciembre como día del nacimiento de Jesús, y que Sexto Julio Africano, cien años antes del Concilio de Nicea, habría difundido en su Crónica, la fecha. En cualquier caso, la coincidencia del solsticio de invierno, la Natividad de Jesús, la festividad de Sol Invictus, asociado Constantino, y del Concilio de Nicea no creo que sean casuales. Más bien parecen una reutilización de celebraciones, hecha oficial por quien podía hacerlo, el emperador, y ratificada por el Concilio de Nicea, convocado, no lo olvidemos, por éste, y que, bajo la dirección de  su consejero, el obispo Osio de Córdoba, también se ocupó de la festividad de la Pascua, para lo que el calendario semanal de inspiración lunar resultó esencial, de la fijación del Credo o de rechazar la herejía arriana.

Al Concilio de Nicea no asistió el Papa, Silvestre I, que sin embargo envió dos representantes que ostentaron la máxima dignidad en el mismo. San Silvestre fue el primer Papa que tuvo un pontificado tranquilo. Se dice que fue el primero que no murió mártir y parece ser que instituyó el domingo como día de la Resurrección. Tuvo una excelente relación con el Imperio, como muestra la cesión que le hizo Constantino del Palacio de Letrán y basílica adjunta, considerada desde entonces como Catedral de Roma. Por si fuera poco, murió el último día del año, razón por la cual se celebra el 31 de diciembre la festividad de San Silvestre. Posteriormente, entre los siglos IX y XI, se intentó legitimar el poder terrenal de la Iglesia mediante la llamada Donación de Constantino, documento apócrifo según el cual Constantino habría legitimado al Papa Silvestre I el derecho a reinar sobre Roma y territorios colindantes, además de a intervenir en los asuntos políticos del Imperio de Occidente. Pero eso es otra historia, no menos interesante…

¿Y cómo se enumeraban los años? ¿Cómo empezó a tomarse la referencia del nacimiento de Jesús? En Roma la referencia era la fundación de la ciudad, ab urbe condita (a.u.c.), de modo que los años se contaban a partir de dicho momento. El Papa Hormisdas, a principios del S.VI, encargó al monje y astrónomo Dionisio el Exiguo identificar el año de nacimiento de Jesús, lógicamente en relación al calendario en uso y, por tanto, contando los años a partir de la fundación de Roma. Dionisio llegó a la conclusión que Jesús había nacido el año 753 a.u.c., si bien se equivocó al datar el reinado de Herodes I el Grande, de modo que debiera haberlo señalado hacia el 748 a.u.c. Alcuino de York, filósofo y consejero de Carlomagno, conocedor del trabajo de Dionisio, promovió la adopción de la fecha del año del nacimiento de Jesús para iniciar el cómputo de los años, dando lugar al Anno Domini (AD) -o después de Cristo (d.C.)-, popularizado por el Renacimiento Carolingio a partir del S VIII. No obstante, los distintos territorios cristianos europeos, entre ellos los hispanos, mantuvieron otras referencias hasta bien avanzada la Edad Medida.

El calendario Juliano, aunque de asombrosa precisión en su tiempo, mantenía el error mencionado de once minutos y seis segundos anuales. En el Concilio de Nicea, celebrado casi cuatrocientos años después, era ya aparente el error. Mil doscientos años más tarde, el Concilio de Trento adoptó el acuerdo de corregir el desfase acumulado, y que había desplazado unos diez días las fechas de la Pascua acordadas en Nicea. Realmente el año no dura 365 días y seis horas, sino un poco menos, unos 365 días, cinco horas, 48 minutos y 45 segundos. En 1582 el Papa Gregorio XIII promulgó un nuevo calendario que, tomado como referencia el anterior, corregía la introducción de años bisiestos, exceptuándola ciertos años, e introduciendo los días adicionales como último día de febrero. Este calendario, cuyo error es de sólo unos 26 segundos al año, fue adoptado inmediatamente por los países católicos y progresivamente por los restantes, siendo el actualmente utilizado universalmente.

Entonces, ¿qué celebramos estas fechas? Indudablemente el cambio de año y, cada cual, lo que sus creencias le indiquen. Y, ¿por qué en estas fechas? Probablemente porque desde la antigüedad el solsticio de invierno ha sido culturalmente asociado a un renacer, además de un momento especial del ciclo agrícola anual. Siendo necesario preservar la fiesta pagana (nadie renuncia a la diversión) y la religiosa, no es de extrañar la reconversión de la anteriores Saturnales y posterior celebración del Sol Invictus en las actuales Navidades, con los dos momentos de la Nochebuena y la Nochevieja (tal vez con una prolongación carnavalera). ¡A ello, además, ayudó una resistencia numantina!